Por alguna razón que a mí se me escapa, en la sociedad en la que vivimos damos por hecho que las personas buenas -esas que son altruistas y anteponen el bien del otro y el bien común al personal- son también personas conformistas.

Pero lo cierto es que esa idea de bondad no se ajusta demasiado a lo que Jesús promovió entre quienes quisieron -y queremos hoy- seguirlo. Ni se ajusta tampoco a la forma en la que él se comportó en su vida.

Jesús hizo el bien a todos los que fueron pasando a su lado en el camino de la vida. Cuidó especialmente de las personas más vulnerables y de los que, de una y otra forma, habían quedado al margen de la sociedad. Pero no fue en absoluto conformista sino más bien todo lo contrario; fue un rompedor que supo ir contra corriente siempre que fue menester:

Defendió con valentía la verdad que vino a traernos. También delante de los poderosos fariseos, a quienes no dudó en afear su hipócrita conducta y el mal ejemplo que daban a ese pueblo que andaba como oveja sin pastor. Y lo hizo a pesar de saber que hacerlo le podía costar el prestigio y le podía costar incluso la vida.

Tampoco dudó en saltarse las normas establecidas cuando lo requirió el bien del hombre. ¿Cómo no hacer una curación que iba a cambiar el resto de la vida de una persona porque fuese sábado y, por tanto, día de descanso? Supo entender que el sábado estaba hecho para el hombre y no el hombre para el sábado y obró en consecuencia desde esa libertad que solo el amor puede dar.

No tuvo problema en defender la casa de su Padre, sacando a los comerciantes del templo a latigazos cuando fue necesario. ¿Cómo iba a permitirles andar comerciando allí, por mucho que estuviese socialmente aceptado por todos?

A pesar de lo machista que era la sociedad en la que vivió, Jesús tuvo a la mujer en el lugar que siempre debió ocupar. Nunca la relegó a un segundo plano. Y dejó que algunas de ellas ocuparan un lugar muy relevante en su vida y en su corazón.

Los cristianos, y quienes aspiramos, de verdad, a serlo, no debemos ser tampoco conformistas. Debemos, como Jesús, tener criterio. Y debemos cuestionarnos todo. Y debemos ser valientes para defender lo que sea menester. Haga lo que haga el resto del mundo. Aunque salgamos mal parados. ¡Ya nos cuidará Dios!

Habrá veces en las que el Espíritu nos hará sentir que no es el momento adecuado para la lucha, pero habitualmente lo que tocará será hacer frente a situaciones inaceptables:

Porque no podemos quedarnos indiferentes cuando vemos cómo se pisotean los derechos de los más vulnerables.

Porque no podemos mirar para otro lado ante ese egoísmo y esos valores que se han adueñado de nuestra forma de vivir, que tanto facilitan el que vaya cada uno a lo suyo dejando tirados en la cuneta a los que no han tenido las mismas oportunidades que nosotros o a los que en algún momento de su vida han hecho las cosas mal.

Porque no podemos quedarnos indiferentes ante las críticas que tantas veces oímos sobre los demás. Muchos de nosotros nos hemos convertido en inquisidores de lo que hacen los demás; de quienes tenemos más o menos cerca y, por supuesto, de quienes son figuras públicas. Opinamos y descalificamos sin ningún respeto e incluso sin tener muchas veces suficiente información como para hacer valoraciones, contribuyendo con ello no sólo a su desprestigio, sino también a calentar el ambiente para que otros, siguiendo nuestros pasos, se sumen a las críticas. ¿Cómo permitir que «despellejar» al otro sea el deporte nacional?

Porque tampoco podemos quedarnos indiferentes ante tantas críticas facilonas como tenemos que oír sobre nuestros valores y sobre nuestra Iglesia. Es verdad que esta querida Iglesia nuestra tiene sus sombras pero no es menos cierto que también tiene muchas luces, y que gracias a ella se sigue transmitiendo nuestra Fe hasta por los lugares más recónditos del planeta. También gracias a ella, quienes así lo queremos, podemos sentimos parte de una gran comunidad capaz de hermanar a personas de sensibilidades y visiones diversas.

Porque no podemos quedarnos quietos ante el inmovilismo que estamos presenciando. Estamos claramente en tiempos de cambio. Y debemos estar abiertos a evolucionar, a ser resilientes, a surfear y, además, a disfrutar mucho por el camino.

No podemos permitir que el conformismo se instale en nuestra vida y en nuestro corazón. No podemos permitirnos la mediocridad. No podemos vivir, sin más, desde esa terrible rutina que permite que pasen nuestros días sin pena ni gloria. ¿Cómo no aprovechar cada día como la oportunidad única que debería ser?

La imagen es de knerri61 en pixabay

1 comentario

  1. Creo que el afán de crítica severa crece exponencialmente cuando los interlocutores se saben del mismo credo político y se dedican a criticar al contrario.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.