En nuestra vida hay muchas circunstancias que nosotros no escogemos, que constituyen el marco en el que nos movemos y nos desarrollamos como personas: el momento histórico, el país y la familia en los que nacemos condicionan enormemente lo que somos, nuestra forma de pensar y las oportunidades que tenemos. También nos condicionan mucho los talentos que desde el Cielo nos regalan a cada uno en el momento en el que venimos al mundo, la evolución de nuestra salud y otras muchas circunstancias que, aunque menos relevantes, tienen incidencia en nuestras vidas.

Pero no es menos cierto que, dentro de ese marco, tenemos una grandísima capacidad para decidir qué clase de persona queremos ser. Podemos llegar a ser lo que nos propongamos, tanto si vivimos en una dictadura como si vivimos en democracia, si vivimos en un entorno familiar que nos arropa o si lo hacemos en uno que no nos protege como debería, si vivimos en unas circunstancias económicas desahogadas o si no llegamos a fin de mes, si contamos con una salud de hierro o una salud delicada, si tenemos unos talentos o si tenemos otros. Porque somos nosotros quienes decidimos -consciente o inconscientemente- qué actitud es la que tomamos ante la vida.

Y nuestra actitud y nuestro comportamiento son determinantes para que atraigamos a eso que en el mundo en el que nos movemos llamamos buena suerte:

Si tenemos claro cuál es la meta que tenemos en la vida es más fácil que la alcancemos que si no sabemos dónde queremos llegar. Tomaremos algunas decisiones acertadas y otras que no lo serán tanto… pero entre las unas y las otras iremos avanzando en el camino correcto. Debemos ser nosotros quienes llevemos el timón de nuestra vida, para que no nos terminen arrastrando las modas de turno o esos valores tan cuestionables que están socialmente aceptados y campan a sus anchas en nuestro mundo.

Si nos crecemos frente a las dificultades que se presentan en nuestra vida y las enfrentamos de manera optimista, haciendo todo lo que está en nuestra mano y más para salir adelante y para ayudar a salir adelante a las personas que nos rodean.

Si reconocemos nuestros fracasos, nuestros tropiezos y nuestros errores como lo que son, sin echar la culpa ni a otras personas ni a nuestra mala suerte y además somos capaces de aprender de ellos, habremos ganado mucho. ¿Cómo vamos a mejorar o a aprender si nunca reconocemos nuestras áreas de mejora? Debemos aprender a levantarnos sacando fuerzas de donde parece que no las hay. Y debemos también ser honrados con los demás y con nosotros mismos. Y pedir perdón, cuando sea el caso.

Si sacamos partido a los talentos que nos han regalado desde el Cielo -que en unos casos serán cinco, en otros tres y en otros uno -y sabemos ponerlos al servicio, no sólo nuestro, sino de todas aquellas personas que van pasando a nuestro lado en el camino de la vida, nos acercaremos mucho a esa mejor versión de nosotros mismos que podemos llegar a ser.

Si nos ponemos, de verdad, en manos de Dios con la seguridad de que hagamos lo que hagamos lo tendremos ahí, en la retaguardia, se nos quitarán los miedos y nos volveremos valientes. Valientes para luchar por nuestros sueños, valientes para defender lo que en cada caso consideremos que es lo correcto, valientes para ir contracorriente siempre que sintamos que eso es lo que debemos hacer.

Eso a lo que en el mundo llamamos buena suerte se busca y, en cierto modo, se atrae. Porque en buena parte depende de nosotros.

La imagen es de ClaudiaWollesen en pixabay

2 comentarios

  1. Llevo varios años leyendote, es el mejor cometario que he tenido la suerte de recibir…. Cuanta razón tienes!!!!! Cuanta verdad hay en tus palabras, GRACIAS por seguir, ahí por servirnos tanto….

  2. Hoy encontré este blog, y me necantó. Muy de a pie, muy en el mundo, muy de Dios. Muchas gracias, me ha ayudado mucho

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.