La mayoría de nosotros convivimos casi diariamente con el cansancio. Ese cansancio físico con el que nos vamos a la cama tras pasar todo el día ocupadísimos con un sinfín de tareas, encajadas casi como si fueran un puzzle, que hacen que el día se nos pase volando. Afortunadamente, cada día contamos también con un tiempo para dormir que hace que, casi como por arte de magia, nos levantemos a la mañana siguiente repuestos, como nuevos, con energía y listos para volver a levantar la persiana y enfrentar un nuevo día con energía y con alegría. Sabiendo que durante ese tiempo tenemos una nueva oportunidad de vivir intensamente, dando lo mejor de nosotros mismos en cada cosa que hagamos, por pequeña o cotidiana que sea.
El cansancio mental también suele salir regularmente a nuestro encuentro. Es ese cansancio que, por ejemplo, solemos tener tras todo el año trabajando, y que se soluciona con unos días de descanso.
No hace falta siquiera salir de veraneo a un sitio bonito de playa o de montaña. Basta con poder levantarnos sin despertador. Basta con no tener que estar mirando constantemente el reloj. Basta con poder vivir desconectados de tantos emails, whatsapps y llamadas que habitualmente se cuelan en cualquier momento y que nos vemos obligados a atender casi en tiempo real.
Este año estamos entrados en el mes de julio, muchos están ya de vacaciones y otros podremos tomarnos pronto también unos días.
Ojalá sepamos aprovecharlos como el tesoro que son para disfrutar de nuestros amigos, de nuestras familias, de nuestros paseos, de nuestras partidas de cartas o de aquello que a cada uno nos guste hacer en los días de descanso.
Y ojalá sepamos aprovecharlos también para pasar más tiempo con Dios. Será sin duda lo que más nos ayude a volver, de verdad, renovados y con las pilas cargadas para empezar de nuevo.
Hay veces que nuestro cansancio va más allá. Y nos sentimos cansados hasta con la vida. Ese es el cansancio más peligroso, creo yo. Porque en realidad es una tentación que nos lleva a desear tirar la toalla y dejarnos llevar. Y que sean ya otros los que tiren de un carro que empieza a hacerse demasiado pesado. Este cansancio, que se alimenta de decepciones, tristezas, fracasos, sinsabores o heridas, a veces se hace fuerte en el corazón y deja arrinconado al espíritu luchador que habitualmente nos acompaña.
Es momento de poner en valor nuestra Fe. Es momento de acudir a Dios como niños que todo lo esperan de su Padre para que nos cuide, nos consuele, nos cicatrice las heridas y nos ayude a recuperar la Esperanza que nunca debimos perder.
Dios no nos dejará solos. Nos lo prometió el mismo Jesús y desde el Cielo siempre cumplen sus promesas.
Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera
Mateo 11, 28 – 30
La imagen es de shvets-production en pexels
Gracias Marta, con qué claridad muestras las situaciones del día a día y en todas ellas aciertas.
Es un don muy bonito que te ha regalado Dios.
Un beso grande.
Gracias Marta. Esta parte de tu comentario es para enmarcar .
Hay veces que nuestro cansancio va más allá. Y nos sentimos cansados hasta con la vida. Ese es el cansancio más peligroso, creo yo. Porque en realidad es una tentación que nos lleva a desear tirar la toalla y dejarnos llevar. Y que sean ya otros los que tiren de un carro que empieza a hacerse demasiado pesado. Este cansancio, que se alimenta de decepciones, tristezas, fracasos, sinsabores o heridas, a veces se hace fuerte en el corazón y deja arrinconado al espíritu luchador que habitualmente nos acompaña.
Es momento de poner en valor nuestra Fe. Es momento de acudir a Dios como niños que todo lo esperan de su Padre para que nos cuide, nos consuele, nos cicatrice las heridas y nos ayude a recuperar la Esperanza que nunca debimos perder.
Hola. Soy Francisco de Málaga. Muchas gracias por la reflexión y buenos días.