Cuando el enfado llama a nuestra puerta

Cuando el enfado llama a nuestra puerta

Todos nos enfadamos. Es inevitable.

Nos enfadamos cuando sufrimos una injusticia, cuando alguien nos hace daño, cuando sentimos que han cruzado una línea que considerábamos intocable o cuando una meta que perseguíamos se queda frustrada por el camino.

Y no es necesariamente algo malo.

A veces tenemos muy claro qué es lo que nos ha enfadado. Otras veces, en cambio, el enfado funciona como una especie de alarma que se enciende dentro de nosotros y nos hace tomar conciencia de que algo no está bien. De que hemos vivido una injusticia. De que alguien nos ha hecho daño. De que quizá hemos permitido que se traspase un límite que no deberíamos haber permitido.

El reto no está en no enfadarnos, sino en saber gestionar el enfado una vez que ha llamado a nuestra puerta y le hemos dejado pasar.

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Pequeñas alegrías

Pequeñas alegrías que sostienen la Fe

No suelen hacer ruido. Pueden, incluso, pasar desapercibidas. No cambian el rumbo de un día ni resuelven los grandes problemas. Pero están ahí.

Son las pequeñas alegrías.

Esas que se nos pueden escapar si vamos con prisa o no estamos atentos. Esas que no salen en una conversación importante ni se apuntan en ningún sitio, pero que, de alguna manera, sostienen nuestro día.

Un café tranquilo cuando parecía que el día iba a ser imposible. Un mensaje inesperado de alguien querido. Una conversación que nos reconforta y nos deja mejor de lo que estábamos.

No son grandes cosas. Y, quizás por eso, muchas veces no las valoramos demasiado. Pero lo cierto es que el día a día se compone, sobre todo, de momentos pequeños, de detalles que, sumados, van configurando cómo nos sentimos por dentro.

También en la Fe.

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Alegría cristiana

Alegría cristiana en medio del dolor

La alegría cristiana es una imagen que a veces no termina de convencer demasiado. Parece que los creyentes estamos llamados a estar siempre serenos, siempre optimistas y siempre fuertes. Como si la Fe fuese una especie de escudo que nos protegiera del dolor, de la tristeza o de las dificultades.

Pero basta mirar la vida real para darnos cuenta de que esto no es así. Los creyentes también nos cansamos, nos preocupamos, sufrimos pérdidas, sufrimos decepciones, nos agobiamos y atravesamos momentos de oscuridad. La Fe no elimina las dificultades ni elimina la fragilidad humana. Y no nos convierte, por tanto, en personas inmunes al sufrimiento.

Entonces, ¿qué significa eso de la alegría cristiana?

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