Todos nos enfadamos. Es inevitable.
Nos enfadamos cuando sufrimos una injusticia, cuando alguien nos hace daño, cuando sentimos que han cruzado una línea que considerábamos intocable o cuando una meta que perseguíamos se queda frustrada por el camino.
Y no es necesariamente algo malo.
A veces tenemos muy claro qué es lo que nos ha enfadado. Otras veces, en cambio, el enfado funciona como una especie de alarma que se enciende dentro de nosotros y nos hace tomar conciencia de que algo no está bien. De que hemos vivido una injusticia. De que alguien nos ha hecho daño. De que quizá hemos permitido que se traspase un límite que no deberíamos haber permitido.
El reto no está en no enfadarnos, sino en saber gestionar el enfado una vez que ha llamado a nuestra puerta y le hemos dejado pasar.
Porque, aunque no nos guste demasiado, estamos llamados a convivir con el enfado regularmente. Nuestra vida está lejos de ser perfecta. Fracasamos, nos equivocamos, hacemos planes que no salen como esperábamos, sufrimos decepciones, nos sentimos incomprendidos… Y vivimos, además, rodeados de personas que, como nosotros, tienen sus propias heridas, sus propios intereses y sus propias limitaciones.
Cuando el enfado aparece no siempre resulta fácil manejarlo. Se instala sobre nosotros como un nubarrón y nos altera. Nos impide pensar con claridad. Nos hace interpretar las cosas de otra manera. A veces nos empuja a decir palabras que después lamentamos o a tomar decisiones que, una vez que la tormenta ha pasado, ya no nos parecen razonables.
No siempre podemos evitar que el enfado llegue. Pero sí podemos decidir qué hacemos con él cuando se ha instalado en nuestra casa.
Podemos responder con la lógica del mundo: dejando que el enfado guíe nuestros pasos, permitiendo que la ira se apodere de nosotros, alimentando el rencor o haciendo pagar nuestro malestar a quienes tenemos más cerca. Podemos dejar que aquello que nos ha herido termine ensuciando nuestra mirada. Podemos devolver el mal recibido con un mal mayor.
O podemos intentar responder con la lógica del Cielo, que es la lógica del amor.
A veces tocará plantar cara a una injusticia. Otras veces tocará perdonar una ofensa. Otras, simplemente, armarnos de paciencia. Y habrá ocasiones en las que lo adecuado sea devolver bien a quien nos ha hecho mal.
Jesús mismo tuvo que enseñar a los suyos este camino. Cuando los samaritanos no quisieron recibirle, Santiago y Juan reaccionaron desde el enfado, proponiendo devolverles un mal mayor:
«Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo que acabe con ellos?»
Su Maestro los reprendió. Y les invitó a seguir caminando hacia otra aldea.
Habrá ocasiones en las que incluso se nos presente la tentación de enfadarnos con Dios. Cuando no entendamos lo que nos sucede, cuando nuestras preguntas no encuentren respuestas, cuando nos sepamos tocando fondo o cuando nos parezca que no nos escucha.
Pero conviene no caer en esa tentación. Es mucho más sensato tomar conciencia de nuestra fragilidad y, desde ella, ponernos en manos de Dios como hijos que todo lo esperan de su Padre. Sin necesidad de entenderlo todo. Sin necesidad de tener siempre una respuesta. Pidiéndole luz para reaccionar mejor la próxima vez. Pidiéndole paciencia cuando nos falte. Pidiéndole un corazón capaz de perdonar cuando nos cueste.
Y, sobre todo, pidiéndole un pequeño empujoncito para seguir avanzando por ese camino del amor que estamos llamados a recorrer.
Incluso cuando el enfado llama a nuestra puerta.
Y envió mensajeros delante de él. Puestos en camino, entraron en una aldea de samaritanos para hacer los preparativos. Pero no lo recibieron, porque su aspecto era el de uno que caminaba hacia Jerusalén. Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le dijeron: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo que acabe con ellos?». Él se volvió y los regañó. Y se encaminaron hacia otra aldea. (Evangelio Lucas 9, 52 – 56).
La imagen es de Domenico Bandiera en pexels
Gracias Marta, leer esto hoy es lo que necesitaba.
Pero como me viene de bien 👏 👏👏
Bendita inspiración!!!
Me ha hecho reír la frase “ gestionar el enfado una vez que le hemos abierto la puerta “