Todos nosotros, incluso los más afortunados, antes o después atravesamos etapas difíciles. Etapas en las que conocemos la enfermedad, el desamor, el fracaso, el abandono, los agobios, la soledad, la desesperanza, las dificultades económicas, el rechazo o el dolor en cualquiera de sus formas.

Son etapas complicadas en las que tomamos conciencia de nuestra pequeñez y de lo poco que podemos frente a unas circunstancias que, simplemente, nos desbordan. Y nos sentimos vulnerables. Mucho.

Los que habitualmente somos personas de plantar cara a los problemas, nos remangamos en cuanto llegan. E incluso antes, si es que los vemos venir. Y hacemos hasta lo imposible por luchar contra ellos, por buscar soluciones y por tratar de paliar las consecuencias pudiera tener un mal desenlace. Si además somos personas de Fe nos volvemos a Dios y le pedimos ayuda, para que Él ponga lo que a nosotros nos falte.

Y en ocasiones ocurre que los resultados de nuestra lucha y de nuestra petición al Padre no son los que deseamos. Y no terminamos de entender los porqués de ese desenlace. Y no terminamos de encajar que nuestra petición no haya sido escuchada, cuando la hemos hecho desde la mejor de las intenciones y la hemos hecho también desde la esperanza. Y empieza a rondarnos la tentación de enfadarnos con Dios. Y a veces caemos y nos enfadamos con Él por habernos abandonado a nuestra suerte.

Y demostramos con nuestra reacción un enorme desconocimiento de las cosas de Dios y una Fe bastante raquítica. Porque, ¿qué clase de Fe es la que se mantiene sólo cuando los resultados de las peticiones son los deseados? Si el resultado de nuestras peticiones siempre fuera el solicitado no existiría la Fe, ni la Esperanza, sino más bien una suerte de «lámpara de los deseos» junto a la que más pronto que tarde acabaríamos con facilidad convertidos en unos niñatos consentidos, que difícilmente daríamos su justo valor a lo mucho que se nos ha dado.

¿Cuándo terminaremos de creer que Dios nos quiere más de lo que podamos ni siquiera imaginar y que siempre, siempre, siempre nos escucha?

¿Cuándo terminaremos de entender que Dios siempre nos da lo que más nos conviene, incluso cuando no nos regala lo que le pedimos? Dios es infinito y que ve mucho más allá de lo que nosotros, con tantas limitaciones, podemos ni siquiera intuir: mientras que nuestra mirada llega al corto o al medio plazo, la de Dios llega mucho más allá… llega hasta la eternidad. Y ve esas necesidades por las que le pedimos hoy y también nuestras necesidades futuras. Y las necesidades de quienes nos rodean, en este mundo nuestro en el que todo está tan sumamente interconectado. ¿Por qué no somos capaces de aceptar que hay cosas que no está a nuestro alcance comprender?

Ninguno queremos para nosotros mismos ni los silencios de Dios ni sus aparentes faltas de respuesta. Pero una vez que se presentan lo mejor que podemos hacer, creo yo, es aceptarlos, ser resilientes y perseverar. Perseverar en el amor. Perseverar a su lado. Y, a pesar de todo, regalarle nuestra Fe. Sin enfados, sin reproches y sin rencores. Confiados como niños. Con la seguridad de que el final será feliz.

La imagen es de pexels.com

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