Ser instrumentos de unidad

Ser instrumentos de unidad

Vivimos tiempos singulares. A poco que prestemos atención a las conversaciones en redes sociales, en los medios o incluso en reuniones familiares, percibimos una sensación creciente de polarización. Parece que cada vez resulta más difícil encontrarse con quien piensa distinto sin que la conversación termine en enfrentamiento o, al menos, en incomodidad. Y, poco a poco, nos vamos construyendo entornos donde casi todos piensan como nosotros: seguimos a quienes comparten nuestras ideas, leemos a quienes refuerzan nuestras convicciones y nos sentimos más cómodos entre los que consideramos de los nuestros.

Es una mala práctica que, casi sin que nos demos cuenta, nos hace ir alejándonos de quienes piensan diferente. Y en el momento en el que dejamos de escucharlos y dejamos de entender sus porqués, empezamos a mirarlos más como adversarios que como hermanos. Así, la distancia crece y la posibilidad de encuentro se vuelve cada vez más remota.

El Evangelio nos propone otra lógica y otro camino.

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Id a reparar las redes

Id a reparar las redes

Id a reparar las redes fue una de las peticiones que hizo León XIV a los asistentes al Jubileo de influencers católicos y misioneros digitales que tuvo lugar hace tan solo unos días en Roma.

Jesús llamó a sus primeros apóstoles mientras reparaban sus redes de pescadores.

Y nosotros hoy, siglos después, somos llamados a reparar -o más bien, a reconstruir- nuestras redes:

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Nuestras diferencias

Las personas somos todas diferentes. Somos distintas en nuestro aspecto exterior, tenemos distintas educaciones, distintos hábitos, distintos gustos, distintas ideologías y vinimos a este mundo con distintos genes y distintos talentos.

Somos tan diferentes, que cada uno de nosotros somos únicos.

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Papa Francisco

Gracias por tanto, Francisco

El pasado lunes el papa Francisco nos dejó para hacer su último viaje: el viaje a la Casa del Padre.

Yo, personalmente, no siento pena por él. Ninguna pena. Creo sinceramente que ahora está disfutando del regalazo que se merece después de toda una vida entregada a Dios y a todos nosotros.

La pena -y también, por qué no decirlo, el vértigo- la siento más bien por nosotros, que nos quedamos en este querido mundo nuestro que está tan sumamente revuelto, sin un referente y un pilar que nos ha dado luz y estabilidad todos estos años.

A muchos de nosotros la marcha de Francisco nos deja, en cierto sentido, huérfanos. Pero su marcha nos deja, sobre todo, un profundo sentimento de agradecimiento:

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