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Cuando nos sorprende la tempestad

Cuando nos sorprende la tempestad

Todas las personas, incluso las que tienen vidas más felices, atravesamos momentos de dificultad. Porque desamores, enfermedades, agobios, traiciones o desengaños, antes o después se presentan en la vida de todos. En ocasiones los vemos venir y, de alguna manera, podemos prepararnos para cuando llega el momento. Otras veces, las dificultades se presentan sin avisar, de un día para otro, y enfrentarlas se nos hace aún más difícil porque la sorpresa siempre juega en nuestra contra.

Como en cierta ocasión les pasó a los discípulos de Jesús cuando, navegando, les sorprendió una fuerte tempestad, con unas olas tan grandes que casi les llenaban la barca de agua.

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Y en esta piedra edificaré mi Iglesia

Y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia

Muchos de nosotros pensamos en lo afortunados que fueron los apóstoles por haber podido convivir con Jesús y haber tenido la oportunidad de vivir en primera persona sus curaciones, sus milagros y sus enseñanzas.

Pero quienes hemos ido viniendo a este mundo después de aquellos que tuvieron la oportunidad de conocer a Jesús personalmente, no somos menos afortunados. ¡Ni mucho menos! Porque contamos con verdaderos pilares en los que asentar nuestra Fe.

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Podéis ir en paz

Podéis ir en paz


Podéis ir en paz son las palabras con las que nos despide el sacerdote al terminar la misa. Después de un ratito en comunidad en el que hemos sentido a Dios, hemos pedido perdón, hemos dado gracias, hemos escuchado la Palabra y hemos comulgado, podría parecernos que ya estamos listos para volver a casa con los deberes hechos. Pero no es asi. Cuando el sacerdote nos dice podéis ir en paz es, en realidad, cuando comienza nuestra misión.

Porque el cristianismo no es algo que vivir durante el ratito que dura la misa. Gracias a lo que ocurre en la misa nos fortalecemos y -dicho de una manera un poco de andar por casa- cargamos pilas. Pero la misión, nuestra misión, está fuera del templo.

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