Muchos de nosotros pensamos en lo afortunados que fueron los apóstoles por haber podido convivir con Jesús y haber tenido la oportunidad de vivir en primera persona sus curaciones, sus milagros y sus enseñanzas.

Pero quienes hemos ido viniendo a este mundo después de aquellos que tuvieron la oportunidad de conocer a Jesús personalmente, no somos menos afortunados. ¡Ni mucho menos! Porque contamos con verdaderos pilares en los que asentar nuestra Fe.

Contamos con el Evangelio, en el que quedó recogido todo lo que necesitamos saber de Jesús, de su vida, de su doctrina, de sus milagros, de sus conversaciones, de su talante, de su coherencia, de su cercanía y de su actitud. Al igual que Jesús entonces, el Evangelio nos sigue enseñando hoy que para hacerlo vida, basta con vivir desde un profundo amor a Dios y un profundo amor a los hombres, nuestros hermanos.

Del Evangelio, además, muchas veces se vale Dios para tocar nuestro corazón e inspirarnos lo que conviene. ¿Quién no ha experimentado acaso la sensación de leer un pasaje de sobra conocido y entenderlo desde una nueva perspectiva? El texto es siempre el mismo, pero lo cierto es que nosotros estamos en contínua evolución y desde el Cielo nos soplan lo que vamos necesitando.

Contamos con el Espíritu Santo. Y, habitando con él en nuestro corazón, nada menos que al Padre y al Hijo. Cuando Jesús se despidió de los suyos les prometió que no los dejaría solos. Y para cumplirlo les regaló el Espíritu Santo. Un Espíritu que les abriría el entendimiento y les daría los dones que iban a necesitar para poder extender la doctrina de su Maestro por el mundo entero.

Ese Espíritu Santo que regaló a los suyos de entonces nos lo sigue regalando hoy a nosotros. Es el mimo Espíritu, puesto que solamente hay uno. Un Espíritu que a nosotros también nos toca el corazón y también nos regala los dones que cada uno necesitamos para cumplir el plan que Dios nos tiene preparado. Ni uno más, ni uno menos.

Contamos con la Eucaristía. Un miladro que ocurre en cada consagración, que nos facilita un especialísimo alimento para el alma. Porque comiendo el cuerpo de Jesús y tratando de hacer vida su doctrina es como podemos ir mirando, cada vez más, con su mirada. Una mirada limpia, cercana, sin prejuicios, que ha de buscar siempre el bien de las personas que van pasando a nuestro lado.

También tenemos el privilegio de sabemos parte de la Iglesia. Una comunidad diversa conformada por todos los que queremos hacer vida el Evangelio. Una comunidad abierta, llamada a ser lugar de encuentro para todos aquellos que quieran ser parte de ella.

A la cabeza de la Iglesia puso Jesús a Pedro. Y le regaló las llaves del Reino de los Cielos. Pedro hoy se llama Francisco y está tan escogido desde el Cielo como en su día lo estuvo Pedro. Él es hoy nuestro faro y tenemos el deber de obedecerle y también de respaldarlo.

En aquel tiempo, llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?». Ellos dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas». Díceles Él: «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?». Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».

Mt 16,13-19

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