Cuando Dios nos hace falta

Cuando Dios nos hace falta

Todos nosotros, incluso los más afortunados, pasamos etapas difíciles en las que desamores, desempleos, fracasos, angustias, precariedad, enfermedades, desmotivaciones, o dolores se cuelan en nuestra vida sin permiso. Cuando esto ocurre, nuestro pequeño mundo se desbarata, comprendemos que solo con nuestras fuerzas difícilmente saldremos adelante y nos hacemos conscientes de lo mucho que Dios nos hace falta. Y recurrimos a Él para que nos saque a flote.

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Vamos a la otra orilla

La otra orilla

Muchos de nosotros tenemos la certeza de que la doctrina que nos trajo Jesús es la verdadera. Y tenemos el firme propósito de hacer vida el Evangelio. Pero sentimos que estamos algo estancados. Y vemos cómo se nos pasan los meses e incluso los años sin avanzar demasiado en ese camino del amor al que estamos llamados. Y no terminamos de cruzar a la otra orilla.

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Vértigo

Vértigo

Hay etapas en nuestra vida en las que reina la estabilidad y parece como que todo está ordenado. Son etapas tranquilas, en las que tenemos la sensación de tener todo bajo control y nos sentimos cómodos. Muy cómodos. Y seguros.

En otras ocasiones debemos tomar decisiones difíciles, que preferiríamos no tener que tomar pero que no podemos obviar. Nos toca salir de nuestra zona de confort y parece como si perdiéramos suelo firme bajo nuestros pies. Y sentimos vértigo.

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¿No es este el hijo de José?

¿No es este el hijo de José?

A muchos de los compatriotas de Jesús les costaba entender que podía ser Dios aquel hombre al que veían como su vecino; aquel hombre al que veían como el hijo de María y el carpintero; aquel hombre al que sentían como uno más de todos ellos: un hombre de pueblo, de campo, de familia; un hombre aparentemente corriente con una vida aparentemente como las de los demás. Por eso, cuando Jesus les desveló quién era, se decían «¿No es este el hijo de José?».

Visto desde el siglo XXI, nos cuesta entender cómo podían estar tan ciegos. Pero lo cierto es que muchos de nosotros, de haber estado allí, hubiéramos pensado exactamente lo mismo. Porque, por alguna extraña razón, tendemos a ver las cosas del Cielo como de otra división, de otra liga -la liga de lo sobrenatural- una liga lejos de nuestra realidad y de nuestro día a dia.

Cuando no era así entonces y no es así tampoco ahora.

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