Confiar para ver

Confiar para ver

En cierta ocasión, Simón, que había estado bregando toda la noche en el lago Genesaret y no había pescado nada, se encontraba ya a la orilla limpiando las redes. Se le acerca Jesús y le invita a bogar mar adentro y a echar las redes de nuevo al agua.

Simón era pescador, sabía que había hecho bien su trabajo sin buenos resultados y que lo esperable era conseguir más de lo mismo. Pero confió en Jesús -que ni siquiera era un profesional de la pesca- y le respondió: «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, en tu palabra, echaré las redes» Y la pesca fue tan grande, que casi se rompieron las redes.

Simón confió en Jesús y porque confió en Jesús vió el milagro. Y aquel día su vida cambió para siempre.

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Entre los pucheros anda el Señor

Entre los pucheros anda el Señor

La frase que da título a este post se atribuye a nuestra querida santa Teresa de Jesús, doctora de la Iglesia. Hoy es su onomástica, así que aprovecho para felicitar a todas las Teresas que lean este post.

Es una frase que me gusta especialmente por lo bien que ilustra algo que mucha veces olvidamos, y es que con Dios podemos encontrarnos en cualquier parte. Podemos encontrarnos con Él, por supuesto, en el templo o en la oración más formal. Pero también podemos encontrarnos con Él en las tareas y labores de nuestra vida cotidiana. En lo sencillo. En lo aparentemente pequeño.

Porque lo cierto es que nuestra vida no podemos disociarla. No podemos meter a Dios en ella cuando salimos del trabajo o cuando terminamos de atender nuestras obligaciones. Dios está siempre con nosotros. También en los días de rutina. También cuando andamos entre tareas que parece que tienen poco de elevadas. También entre los agobios. También entre los pucheros.

Y sale a nuestro encuentro cuando quiere y como quiere.

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¿Derecho al Paraíso?

¿Derecho al Paraíso?

Jesús nos invita a hacer del amor nuestro estilo de vida. Nos invita a vivir la vida ordinaria con un corazón extraordinario.

Y no son pocas las veces en las que habla de la recompensa que espera en el Cielo a quienes así vivan: una vida eterna en la que ya no habrá enfermedades, ni penas, ni dolor, ni muerte. Una vida en el Amor. Una vida tan plena que difícilmente podemos siquiera atisbarla con nuestras capacidades humanas.

Pedro, en una ocasión, recordó a su Maestro que ellos habían dejado todo por Él:

«Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido».

Y Jesús le respondió:

«En verdad os digo que no hay nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, que no reciba ahora, en este tiempo, cien veces más -casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones- y en la edad futura, vida eterna.».

Son palabras del Evangelio de Marcos.

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Ver a la persona detrás del pecado

Ver a la persona detrás del pecado

Muchos de nosotros estamos cargados de prejuicios. Algunos son muy evidentes y los reconocemos con facilidad. Juzgamos a las personas por su aspecto, por su raza, por su educación, por su forma de vestir o por su orientación sexual.

Pero hay otra forma de prejuicio de la que quizá somos menos conscientes. Podemos clasificar a las personas por los errores que han cometido. Por las decisiones equivocadas que tomaron. Por el pecado que arrastran. Por aquello que hicieron mal en algún momento de su vida.

Y cuando dejamos que el pecado de alguien condicione nuestra mirada, corremos el riesgo de dejar de ver a la persona que hay detrás.

Corremos el riesgo de dejar de ver al hijo, al hermano, al amigo, al compañero. Corremos el riesgo de dejar de preguntarnos qué le llevó hasta allí, qué heridas carga, qué circunstancias ha vivido, qué batalla está librando.

Y, sobre todo, corremos el riesgo de dejar de darle la oportunidad de cambiar.

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