¡Qué bueno es que estemos aquí!

¡Qué bueno es que estemos aquí!

Uno de los pasajes, en mi opinión, más extraordinarios del Evangelio es el que relata cómo Jesús se aparta a un monte a orar, se transfigura y conversa con Moisés y Elías, quienes comienzan a preparar su corazón para la pasión que iba a vivir. También se hizo presente en el encuentro el mismísimo Dios Padre. Y todo ello tuvo lugar en presencia de tres de los apóstoles: Pedro, Santiago y Juan.

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Jesús ha llamado a nuestra puerta

Jesús ha llamado a nuestra puerta

Muchos de nosotros nos sentimos tentados por el mundo y sus muchos fuegos artificiales.

Tentados por sus promesas de felicidad inmediata, a golpe de caprichos. ¿Por qué no disfrutar de la felicidad que da el comprarnos todo aquello que se nos antoje y nos podamos permitir?

Tentados por su propuesta de valores a la carta, según nos vaya resultando más conveniente. ¿Por qué no acercarnos, en cada caso, al sol que más caliente?

Tentados por su invitación a vivir libremente, sin ataduras ni compromisos con nada ni con nadie. ¿Por qué complicarnos la vida en lugar de vivir con la mirada puesta, fundamentalmente, en nuestro propio bienestar?

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¿Por qué lloras?

¿Por qué lloras?

En nuestra vida se van alternando las etapas bonitas y las que no lo son tanto, los momentos de éxito y los de fracaso, las etapas de alegrías y las de tristezas.

Y todos nosotros, incluso los más felices, sufrimos cuando se presenta en nuestra vida el dolor en sus distintas formas: desamores, enfermedades, agobios, inseguridades, pobreza, traiciones o decepciones.

Y lloramos.

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