Recuperar el enfoque correcto

Recuperar el enfoque correcto

Hay días que vivimos con la certeza de sabernos muy cuidados desde el Cielo. Y, sin necesidad de que ocurra nada especialmente relevante, sentimos con claridad la mano de Dios en pequeñas cosas. Nos mantenemos en un estado de paz interior en mitad de una agenda de locura. Apreciamos conversaciones que nos hacen sentir bien. Valoramos gestos amables que otras personas tienen con nosotros. Nos sabemos con luz cuando tomamos decisiones.

Tomamos conciencia de que Dios nos está cuidando y nos sentimos agradecidos por tanto.

En otras muchas ocasiones estamos lejos de sentimos así. Nos dejamos llevar por el cansancio acumulado, las prisas, los agobios, la impaciencia de no poder llegar a todo o las preocupaciones. Y terminamos perdiendo el equilibrio y bajando al barro contrariados, nerviosos y agobiados.

Cuando esto ocurre, hay que tratar de recuperar el enfoque correcto. Un enfoque que nos permita ver lo que en ese momento no va bien, pero también todas las cosas que sí que van bien y que dejamos de valorar porque ya estaban ahí y las damos por sentadas.

No se trata de conformarse, no. Se trata de mirar la foto completa.

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Cuando Dios se presenta en nuestra puerta

Cuando Dios se presenta en nuestra puerta

Hay días en los que nos levantamos contentos porque tenemos la sensación de tenerlo todo bajo control. Tenemos la agenda bien organizada y nos parece, esta vez sí, que vamos a poder llegar a todo. Es una sensación agradable. Pensamos que el día ya tiene su guion escrito y solo tenemos que ponernos en marcha.

Pero basta una llamada de teléfono, un mensaje inesperado, un vecino que llama al timbre o un hijo que amanece con fiebre para que nuestros planes empiecen a desmoronarse. Y nos empieza a invadir esa conocida sensación de impaciencia.

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Señor, si quieres puedes limpiarme

Señor, si quieres puedes limpiarme

Todos llevamos con nosotros heridas, defectos y miserias que, si no afrontamos adecuadamente, terminan condicionando nuestra forma de mirar, nuestra forma de querer y nuestra forma de vivir.

Desde el Cielo no se asustan de todo eso que llevamos dentro. Más bien al contrario: lo conocen bien y están deseando limpiarnos. Basta con que lo pidamos, de verdad, de corazón, con la intención de empezar de nuevo.

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El camino de la Fe

El camino de la Fe

Si nos preguntaran cuándo nació nuestra Fe, probablemente cada uno daríamos una respuesta distinta. Algunos la recibimos de muy pequeños, casi sin darnos cuenta, en el seno de nuestras familias. Otros la descubrimos más tarde, en el colegio, o a través de algún sacerdote, un profesor o un amigo. O a través de una persona que se convirtió en un referente. Otros nos pusimos en búsqueda activa ya mayores porque sentimos una inquietud en nuestro interior. Sea como fuere, detrás de todas las trayectorias hay algo en común: Dios tomó la iniciativa. Porque la Fe no es una conquista nuestra. La Fe es un don que nos regalan desde el Cielo.

Y quien lo busca de corazón se acaba encontrando con él.

«Pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe; quien busca encuentra; y al que llama se le abre» (Mt 7, 7-8).

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