Pequeñas alegrías que sostienen la Fe
No suelen hacer ruido. Pueden, incluso, pasar desapercibidas. No cambian el rumbo de un día ni resuelven los grandes problemas. Pero están ahí.
Son las pequeñas alegrías.
Esas que se nos pueden escapar si vamos con prisa o no estamos atentos. Esas que no salen en una conversación importante ni se apuntan en ningún sitio, pero que, de alguna manera, sostienen nuestro día.
Un café tranquilo cuando parecía que el día iba a ser imposible. Un mensaje inesperado de alguien querido. Una conversación que nos reconforta y nos deja mejor de lo que estábamos.
No son grandes cosas. Y, quizás por eso, muchas veces no las valoramos demasiado. Pero lo cierto es que el día a día se compone, sobre todo, de momentos pequeños, de detalles que, sumados, van configurando cómo nos sentimos por dentro.
También en la Fe.
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