Dios también entra con la puerta cerrada
Hay veces que tenemos la puerta de nuestro corazón cerrada para el Cielo. En algunas ocasiones porque nos dejamos envolver por los espejismos del mundo. En otras ocasiones porque nos paraliza el miedo. A veces estamos enfadados con Dios porque no entendemos sus silencios, sus tiempos o sus aparentes faltas de respuesta. Otras veces lo que nos supera es un cansancio tan grande que nos hace sentir que ya no podemos más.
Cuando cerramos nuestra puerta no solemos hacerlo de golpe. La cerramos, más bien, poco a poco. Dejamos de rezar como antes, dejamos de buscar, dejamos de contar con Él. Y nos vamos quedando ahí, rezagados, en la distancia.
Como si algo se hubiera enfriado.
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