Prestar atención

Prestar atención

La sociedad en la que vivimos nos empuja a recorrer la vida mirando continuamente el reloj. Nuestro tiempo es limitado, siempre tenemos muchas cosas que hacer y no nos queda más remedio que organizar muy bien la agenda para llegar a todo.

Y hasta aquí, bien.

El problema aparece cuando intentamos meter en esa agenda más cosas de las que realmente deberíamos. Reservamos tiempos demasiado ajustados y terminamos viviendo acelerados, porque basta un pequeño retraso o cualquier contratiempo para que todo lo que viene detrás se desmorone.

Conviene que a cada acción le reservemos el tiempo que requiere. Conviene que a cada acción le prestemos la atención que merece. Y conviene, sobre todo, que nuestras acciones las hagamos con amor, porque es el amor que ponemos en ellas lo que las hace valiosas.

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Recuperar el enfoque correcto

Recuperar el enfoque correcto

Hay días que vivimos con la certeza de sabernos muy cuidados desde el Cielo. Y, sin necesidad de que ocurra nada especialmente relevante, sentimos con claridad la mano de Dios en pequeñas cosas. Nos mantenemos en un estado de paz interior en mitad de una agenda de locura. Apreciamos conversaciones que nos hacen sentir bien. Valoramos gestos amables que otras personas tienen con nosotros. Nos sabemos con luz cuando tomamos decisiones.

Tomamos conciencia de que Dios nos está cuidando y nos sentimos agradecidos por tanto.

En otras muchas ocasiones estamos lejos de sentimos así. Nos dejamos llevar por el cansancio acumulado, las prisas, los agobios, la impaciencia de no poder llegar a todo o las preocupaciones. Y terminamos perdiendo el equilibrio y bajando al barro contrariados, nerviosos y agobiados.

Cuando esto ocurre, hay que tratar de recuperar el enfoque correcto. Un enfoque que nos permita ver lo que en ese momento no va bien, pero también todas las cosas que sí que van bien y que dejamos de valorar porque ya estaban ahí y las damos por sentadas.

No se trata de conformarse, no. Se trata de mirar la foto completa.

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Cuando Dios se presenta en nuestra puerta

Cuando Dios se presenta en nuestra puerta

Hay días en los que nos levantamos contentos porque tenemos la sensación de tenerlo todo bajo control. Tenemos la agenda bien organizada y nos parece, esta vez sí, que vamos a poder llegar a todo. Es una sensación agradable. Pensamos que el día ya tiene su guion escrito y solo tenemos que ponernos en marcha.

Pero basta una llamada de teléfono, un mensaje inesperado, un vecino que llama al timbre o un hijo que amanece con fiebre para que nuestros planes empiecen a desmoronarse. Y nos empieza a invadir esa conocida sensación de impaciencia.

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Señor, si quieres puedes limpiarme

Señor, si quieres puedes limpiarme

Todos llevamos con nosotros heridas, defectos y miserias que, si no afrontamos adecuadamente, terminan condicionando nuestra forma de mirar, nuestra forma de querer y nuestra forma de vivir.

Desde el Cielo no se asustan de todo eso que llevamos dentro. Más bien al contrario: lo conocen bien y están deseando limpiarnos. Basta con que lo pidamos, de verdad, de corazón, con la intención de empezar de nuevo.

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