Cuando el enfado llama a nuestra puerta
Todos nos enfadamos. Es inevitable.
Nos enfadamos cuando sufrimos una injusticia, cuando alguien nos hace daño, cuando sentimos que han cruzado una línea que considerábamos intocable o cuando una meta que perseguíamos se queda frustrada por el camino.
Y no es necesariamente algo malo.
A veces tenemos muy claro qué es lo que nos ha enfadado. Otras veces, en cambio, el enfado funciona como una especie de alarma que se enciende dentro de nosotros y nos hace tomar conciencia de que algo no está bien. De que hemos vivido una injusticia. De que alguien nos ha hecho daño. De que quizá hemos permitido que se traspase un límite que no deberíamos haber permitido.
El reto no está en no enfadarnos, sino en saber gestionar el enfado una vez que ha llamado a nuestra puerta y le hemos dejado pasar.
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