Invitados a salir del mundo

Invitados a salir del mundo

En distintas ocasiones Jesús habla a los suyos del mundo refiriéndose no a la creación sino a la mundanidad: el apego a los placeres, las cosas terrenales o la vida social.

En la Última Cena -ya despidiéndose de sus íntimos- les recordó que había sido Él quien los había elegido. Luego ellos le habían dado su sí, quiero y, con este sí, quiero, y su obrar en consecuencia habían comenzado una andadura que ya no seguía la lógica del mundo sino la lógica del Cielo: ya estaban recorriendo el camino del amor y, de esta manera, habían dejado de ser del mundo.

Ese mismo Jesús, siglos más tarde, también ha salido a nuestro encuentro. También nos ha elegido a nosotros. También nos ha propuesto que le sigamos. Y, en la medida en la que le vayamos dando nuestro sí, quiero y vivamos de manera coherente con esa palabra dada; en la medida en la que vayamos tratando de hacer que sea la lógica del Cielo el faro que nos guíe en las decisiones que vayamos tomando; a nosotros también nos irá sacando del mundo.

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Pequeñas alegrías

Pequeñas alegrías que sostienen la Fe

No suelen hacer ruido. Pueden, incluso, pasar desapercibidas. No cambian el rumbo de un día ni resuelven los grandes problemas. Pero están ahí.

Son las pequeñas alegrías.

Esas que se nos pueden escapar si vamos con prisa o no estamos atentos. Esas que no salen en una conversación importante ni se apuntan en ningún sitio, pero que, de alguna manera, sostienen nuestro día.

Un café tranquilo cuando parecía que el día iba a ser imposible. Un mensaje inesperado de alguien querido. Una conversación que nos reconforta y nos deja mejor de lo que estábamos.

No son grandes cosas. Y, quizás por eso, muchas veces no las valoramos demasiado. Pero lo cierto es que el día a día se compone, sobre todo, de momentos pequeños, de detalles que, sumados, van configurando cómo nos sentimos por dentro.

También en la Fe.

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Compararse menos, agradecer más

Compararnos menos, agradecer más

Muchos de nosotros tenemos tendencia a compararnos con los demás. Comparamos cómo estamos, lo que tenemos o lo que hemos conseguido. A veces sin darnos cuenta. Otras veces de forma bastante consciente. Y casi siempre salimos perdiendo.

Porque siempre hay alguien que parece estar mejor. Más organizado, más feliz, con una vida más resuelta, con una Fe más firme, con relaciones más fáciles. Siempre hay alguien que llega a todo, que sonríe más, que parece tenerlo todo en su sitio.

Pero la comparación suele tener algo de trampa. Porque no comparamos realidades completas, sino versiones editadas. Porque lo que vemos de los demás casi nunca incluye sus dudas, sus luchas, sus días torcidos. Vemos lo de fuera. Y lo comparamos con lo de dentro nuestro.

Y así no hay quien pueda salir bien parado.

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Dios también entra con la puerta cerrada

Dios también entra con la puerta cerrada

Hay veces que tenemos la puerta de nuestro corazón cerrada para el Cielo. En algunas ocasiones porque nos dejamos envolver por los espejismos del mundo. En otras ocasiones porque nos paraliza el miedo. A veces estamos enfadados con Dios porque no entendemos sus silencios, sus tiempos o sus aparentes faltas de respuesta. Otras veces lo que nos supera es un cansancio tan grande que nos hace sentir que ya no podemos más.

Cuando cerramos nuestra puerta no solemos hacerlo de golpe. La cerramos, más bien, poco a poco. Dejamos de rezar como antes, dejamos de buscar, dejamos de contar con Él. Y nos vamos quedando ahí, rezagados, en la distancia.

Como si algo se hubiera enfriado.

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