¿Qué más puedo hacer?

¿Qué más puedo hacer?

Muchos de nosotros, con muy buena disposición, cuando decidimos que queremos seguir a Jesús y hacer vida su Evangelio, nos hacemos enseguida la misma pregunta: ¿Qué más puedo hacer?

Y, deseosos de activarnos, de ser útiles, de encontrar la manera de aportar nuestro granito de arena para el Cielo, enseguida empezamos a pensar en cómo organizarnos para hacer retiros, participar en peregrinaciones, involucrarnos en algún voluntariado o colaborar en la parroquia.

Porque en la sociedad en la que vivimos y en la cultura de la hiperproductividad en la que estamos envueltos, lo que nos sale de manera natural es hacer más cosas, tratando de optimizar aún más nuestro tiempo.

Pero quizás esa no sea la pregunta adecuada.

Porque seguir a Jesús no significa necesariamente hacer más cosas. A veces significará quitar algunas de las que ya tenemos en nuestra vida. Otras veces se tratará de reconducirlas, cambiar la manera de hacerlas o darles un sentido diferente.

Quizás la pregunta que deberíamos hacernos sea otra: ¿Dónde debo poner el foco?

Porque no se trata tanto de hacer más como de poner nuestras ilusiones, nuestras energías, nuestro tiempo o nuestros esfuerzos en aquello que de verdad merece la pena a los ojos de Dios.

Y la respuesta no será la misma para todos.

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Cuando el enfado llama a nuestra puerta

Cuando el enfado llama a nuestra puerta

Todos nos enfadamos. Es inevitable.

Nos enfadamos cuando sufrimos una injusticia, cuando alguien nos hace daño, cuando sentimos que han cruzado una línea que considerábamos intocable o cuando una meta que perseguíamos se queda frustrada por el camino.

Y no es necesariamente algo malo.

A veces tenemos muy claro qué es lo que nos ha enfadado. Otras veces, en cambio, el enfado funciona como una especie de alarma que se enciende dentro de nosotros y nos hace tomar conciencia de que algo no está bien. De que hemos vivido una injusticia. De que alguien nos ha hecho daño. De que quizá hemos permitido que se traspase un límite que no deberíamos haber permitido.

El reto no está en no enfadarnos, sino en saber gestionar el enfado una vez que ha llamado a nuestra puerta y le hemos dejado pasar.

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No dejar de caminar

No dejar de caminar

Muchos de nosotros tenemos claro que queremos hacer vida la doctrina de Jesús. Una doctrina que puede resumirse en algo tan sencillo y tan hondo a la vez como vivir con un profundo amor a Dios y un profundo amor a los hombres. Sin fuegos artificiales. Sin necesidad de grandes cosas. Desde lo cotidiano. Desde nuestra vida de todos los días.

En el momento en el que lo tuvimos claro, nos pusimos en camino. A veces avanzamos por él con paso firme. Otras veces vamos más despacio, casi al tran tran. Hay días en los que sentimos que estamos muy cerca de Dios y otros en los que parece que nos cuesta hasta encontrar el camino.

Pero seguimos caminando.

Sin tratar de buscar un lugar en el que acomodarnos y echar raíces pensando que ya hemos llegado. Porque la fe no funciona así. Tampoco el amor.

El camino de la fe y el camino del amor están íntimamente relacionados. Y son eso: caminos. Nos obligan a mantenernos en ruta. A levantarnos cuando tropezamos. A ser conscientes de nuestra fragilidad y a ser conscientes de que siempre tenemos camino por delante.

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¡Buen camino!

¡Buen camino!

Hace tan solo unos días celebramos la fiesta del Apóstol Santiago, patrón de España.

Santiago el Mayor fue uno de los doce apóstoles de Jesús y uno de los más cercanos a Él. Según la tradición, después de la muerte y resurrección de Jesús, llegó hasta Hispania para anunciar aquí el Evangelio. Más tarde regresó a Jerusalén, donde murió mártir. Sus discípulos trasladaron sus restos hasta estas tierras y los enterraron en el lugar donde hoy se levanta Santiago de Compostela. Con el paso de los siglos, Santiago se convirtió en uno de los grandes centros de peregrinación de la cristiandad europea.

Pero no todos los peregrinos que caminan hacia Santiago lo hacen por el mismo motivo. Algunos emprenden el camino para dar gracias; otros, para pedir favores al Cielo. Los hay que cumplen una promesa, que buscan encontrarse con Dios o que necesitan un tiempo para pensar y poner su vida en orden. También están quienes lo recorren atraídos por la naturaleza, por el reto personal o, sencillamente, porque sienten que tienen que estar allí aunque todavía no sepan muy bien por qué.

Quizás por eso el Camino de Santiago se parece tanto al camino de nuestra propia vida.

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