Jesús sabía que tenía que predicar su mensaje entre el pueblo judío. Eso era lo que su Padre quería y le había encomendado. Y para que su predicación diera fruto había ido Dios preparando a aquel pueblo desde siempre. En en el plan de Dios estaba que años más tarde, tras la muerte y resurrección de su Hijo, fueran los apóstoles los encargados de extender la doctrina de su Maestro por el mundo entero.
En cierta ocasión, sin embargo, el Espíritu conduce a Jesús a Samaría: un pueblo vecino y rival con el que los judíos vivían enfrentados.
Y comparte allí su doctrina, primero con una mujer que le da de beber agua de un pozo y, después, también con su gente:
Jesús dejó Judea y partió de nuevo para Galilea. Era necesario que él pasara a través de Samaría. Llegó a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era hacia la hora sexta. Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice: «Dame de beber». (…). La samaritana le dice: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (porque los judíos no se tratan con los samaritanos). Jesús le contestó: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva».
Evangelio Juan 4, 3 – 10
¿Por qué quiso hacer Dios en este caso una excepción? La verdad es que no lo sabemos. Pero lo cierto es que así lo quiso. Jesús inició la conversación con aquella samaritana y tanto ella como su pueblo, cuando le escucharon, entendieron y sintieron la verdad que había en sus palabras. Y le creyeron sin más, a pesar de ser judío y sin que hiciera ningún milagro.
No se sujeta Jesús a rigideces. Sabe escuchar qué es lo que quiere el Padre. Sabe escuchar al Espíritu y obra en consecuencia.
Nosotros deberíamos hacer lo mismo, dejándonos guiar mucho más por ese Espíritu. Aunque a veces no entendamos demasiado bien su para qué. Sin miedo a dejar atrás el terreno conocido, ese marco que nos da seguridad, ese espacio en el que nos sentimos cómodos. Siendo más flexibles. Estando mucho más abiertos a escuchar a ese otro que nos resulta diferente, a tratar de entenderlo, a tratar de ponernos en su piel, a comprender sus porqués, a entender su momento vital, a comprender su sentir. Abiertos a dar, a aprender, a compartir. Y abiertos también a la posibilidad de equivocarnos.
Muchos de nosotros tenemos, creo yo, demasiada tendencia a los prejuicios, a las etiquetas, a encasillar al otro, a juntarnos preferentemente con aquellas personas que nos son afines. Y de esta manera dejamos pasar ocasiones preciosas de conocer a quienes tienen distintas sensibilidades y distintas miradas.
¿Por qué no estar abiertos a cambiar de planes y a salir de nuestra zona de confort? Aumentará, sin duda, el riesgo de equivocarnos. Pero también aumentarán mucho nuestras posibilidades de crecer y de llegar más lejos.
Nuestro Padre es el Dios de las sorpresas y actúa desde una libertad total. No podemos pretender adaptarlo a nuestra conveniencia, nuestra comodidad o nuestros intereses. Él invita a quien quiere, cuando quiere y como quiere. Se sale con mucha frecuencia de lo convencional y nos presenta oportunidades que podemos aceptar… o no.
No nos instalemos en nuestra zona de confort. No busquemos movernos siempre por terreno conocido. No nos aferremos a la mediocridad. Vivamos, valientes y resilientes, como lo hizo Jesús, aceptando los retos que se nos van poniendo por delante. «La mies es mucha, los obreros pocos» y Dios nunca nos dejará solos.
La imagen es de Gantas Vaičiulėnas en Pexels
«No busquemos movernos siempre por terreno conocido» Me ha venido muy bien, Dios nos quiere dispuestos.
tenia que dejar un terreno conocido y me esta costando ,esto me ha dado fuerzas para seguir por donde creo que me lleva el E.S