Evangelio apc Prejuicios

Cuando conocemos a una persona que nunca antes habíamos visto, con un primer vistazo la encasillamos atendiendo tan solo a su aspecto exterior: su físico, su ropa, su peinado y su gesto. Si no se trata de una persona a con la que nos cruzamos sin más, sino que tenemos la oportunidad de escucharla o de intercambiar unas palabras con ella,  reajustamos nuestra impresión atendiendo a sus palabras, su educación, su talante y su actitud. 

Ese primer juicio lo hacemos en apenas unos minutos. Y lo hacemos con una mirada – la nuestra – llena de prejuicios y sin conocer ni mucho ni poco a la persona a la que de alguna manera estamos juzgando: sin saber cómo es, ni qué cosas son importantes para ella, si tiene un buen o mal día, si lleva prisa o si está triste.

Y si no conectamos con ella o, simplemente, vemos que no es afín a nosotros o que no podemos «sacar» nada de una posible relación, procuramos quitarnos de en medio cuanto antes, sin darle siquiera oportunidad de mostrarnos qué necesita o qué lleva en el corazón.

Bien es verdad que el mundo en el que vivimos no ayuda demasiado a que nos comportemos con los demás de una manera más cálida; porque habitualmente vamos con prisa y conocer al otro requiere de tiempo. Y más que de tiempo, requiere de una disposición del corazón que las prisas anulan por completo. Pero así es la sociedad en la que vivimos y en ella, con todas sus virtudes y con todas sus miserias, tenemos que ser capaces de crecer, mejorar y cuidar de quienes nos rodean.

Hay personas a las que les da un poco lo mismo cuál sea nuestra actitud hacia ellas.

Pero en otros casos nos encontramos con personas vulnerables – porque tienen baja la autoestima, porque son inseguras, porque tienen capacidades diferentes o porque no están atravesando un buen momento personal – especialmente sensibles a los detalles, para las que nuestra actitud importa. Y dependiendo de cómo las tratemos se sentirán despreciadas, ignoradas, o insignificantes; o, por el contrario, se sentirán escuchadas, atendidas y valoradas.

Y especialmente vulnerables, sin duda, son las personas que están al margen de la sociedad; esas que parece que de alguna manera resultan invisibles para el resto, para los que sí que estamos integrados. Para ellas, igualmente, importan – y mucho – nuestra mirada, nuestra actitud y nuestra disposición.

Cuando miramos a los demás con las gafas de los prejuicios tendemos a pensar mal y a condenarlos. Y una vez condenados obramos en consecuencia. Y con nuestro comportamiento no contribuimos en absoluto a que crezcan, a que sea mejores, a que crean en sí mismos, a que se superen, a que lleguen a sacar todo su potencial, a que lleguen a convertirse en su mejor versión. Con nuestros prejuicios y con nuestros juicios más bien contribuimos a levantar muros que les resultan cada vez más difíciles de derribar. 

Jesús siempre tuvo una actitud de acogida hacia todos. Y muy especialmente la tuvo hacia los que más lo necesitaban: los que sufrían y también aquellos que por una u otra razón estaban – o se sentían – excluidos de la sociedad. Por eso en tantísimos pasajes del Evangelio lo vemos rodeado de cojos, ciegos, leprosos, enfermos, recaudadores de impuestos, prostitutas o pecadores: todos lo buscaban porque además de curarles el cuerpo, los acogía y les curaba el alma:

No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprender lo que significa “Misericordia quiero y no sacrificio“: que no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores (Evangelio Mateo 9, 12 – 13).

¿Cuándo aprenderemos nosotros a quitarnos las gafas de los prejuicios?, ¿cuándo dejaremos de condicionarnos tantísimo por el aspecto exterior de los demás?, ¿cuándo aprenderemos en nuestras relaciones a buscar el bien del otro antes que nuestro propio interés?, ¿cuándo entenderemos que la forma en la que miramos al otro condiciona enormemente lo que ese otro puede llegar a ser?

Cierro este post con una frase preciosa, que en esta ocasión no es de Jesús sino de Goethe:

«Trata a un ser humano como es y seguirá siendo lo que es; pero trátalo como puede ser y se convertirá en lo que está llamado a ser»

La imagen es de geralt en pixabay

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