Desproporciones

Desproporciones

En el mundo en el que vivimos, habitualmente los resultados de lo que conseguimos son proporcionales a nuestra dedicación o a nuestro esfuerzo. Con nuestra lógica, mientras más estudiemos un examen más probabilidades tendremos de sacar buena nota, de la misma manera que mientras más trabajemos más probabilidades tendremos de ir progresando en nuestra carrera profesional o de la misma manera que cuantas más veces cocinemos un plato, más lo iremos perfeccionando y más rico nos irá saliendo.

En la lógica del Cielo las cosas son diferentes. Porque el amor juega con otras reglas. Porque Dios todo lo desborda.

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El pastor

El pastor

Uno de los pasajes más consoladores del Evangelio, en mi opinión, es el pasaje de la oveja perdida. Porque nos hace sentir que cada uno de nosotros es importantísimo para Dios incluso cuando no le respondemos como deberíamos porque, de alguna manera, como la oveja perdida, nos desviamos de la senda correcta. Es todo un privilegio saber que, cuando nos recuperan, hay una alegría enorme en el Cielo y que no quieren que ninguno nos perdamos. Por pecadores que seamos, por pequeños que nos sintamos o por mediocres que podamos llegar a haber sido.

Además de la oveja perdida, ese mismo pasaje tiene otro protagonista, que suele pasarnos desapercibido, y es el pastor. Ese que tiene la misión de cuidar del rebaño. Ese que cuando pierde una oveja deja a las otras noventa y nueve para ir en busca de la que se le ha extraviado.

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Amén

Amén

Amén es una palabra de origen hebreo que suele traducirse como así sea o así es. Decir amén es proclamar que se está de acuerdo y se tiene por verdadero lo que se acaba de decir*. Es también la fórmula que utilizamos los cristianos para concluir nuestras oraciones.

Habitualmente es una palabra en la que no reparamos y que decimos casi del tirón al rezar. Pero es una palabra que tiene su importancia, porque con ella también expresamos un deseo.

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En camino

Ya en camino

Ahora ya sí, pasados los días especiales que hemos vivido entre Navidad y Reyes, todos hemos vuelto a nuestra vida cotidiana. También los más pequeños.

Incluso en la Iglesia hemos entrado en esa etapa del calendario litúrgico llamada Tiempo Ordinario, expresión con la que se denomina al tiempo que no coincide ni con la Pascua y su Cuaresma, ni con la Navidad y su Adviento. Son las 34 de las 52 semanas del año en las que no se celebra ningún aspecto particular del Misterio de Cristo*. Constituyen el período más largo y, al menos en teoría, el menos especial.

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