De unos años a esta parte ha ido calando en muchos de nosotros, casi sin que nos diéramos cuenta, la cultura de la inmediatez. Porque nos hemos acostumbrado a comprar online en unos minutos cualquier cosa que podamos necesitar. Porque nos hemos acostumbrado a resolver vía Google o Chat GPT cualquier duda que podamos tener. Porque estamos conectados casi en tiempo real con familia, amigos o compañeros de trabajo. Porque lo cierto es que podemos conseguir casi cualquier cosa a golpe de click y podemos conseguirlo ya.
Por eso, cuando la vida nos obliga a esperar, algo por dentro se nos revuelve y nos desesperamos. Especialmente si el asunto que nos hace esperar es relevante para nosotros: una decisión importante que no termina de llegar, un diagnóstico médico que no termina de ser favorable o una puerta profesional que no termina de estar abierta.
Y nos quedamos con la sensación de estar en pausa mientras todo lo demás sigue avanzando. Y esperar, así, nos desespera.
Intentamos gestionarlo como podemos. Nos distraemos, nos llenamos la agenda, buscamos alternativas, tratamos de adelantarnos a lo que pueda pasar. Y no está mal. Pero hay parte de la espera que no se resuelve haciendo más cosas. Hay una parte que es interior.
Y ahí es donde la Fe tiene mucho que decir. No porque venga a darnos respuestas rápidas, sino porque cambia nuestra forma de estar en ese tiempo. Porque nos recuerda que la espera no es un vacío sin sentido. Porque también ahí está pasando algo.
Confiar no es entender. No es tener garantías. No es saber que todo va a salir como nos gustaría. Confiar es, más bien, aceptar que no lo controlamos todo y vivir seguros de que, resulte lo que resulte, será para bien.
Quizás aprender a esperar consiste en habitar ese tiempo aprendiendo a convivir con la incertidumbre, sin que nos consuma por dentro. Sin que la ansiedad tenga la última palabra.
Conviene volver al presente. A lo que sí está en nuestras manos hoy. A lo pequeño, a lo cotidiano. A ese día concreto que tenemos delante, aunque por dentro sigamos pendientes de lo que no termina de resolverse.
Y, en medio de todo eso, abrir un espacio para Dios. No para que acelere los tiempos, sino para vivirlos de su mano.
A veces la oración en la espera no es bonita ni ordenada. Es más bien un no entiendo nada, un ¿hasta cuándo?, un ayúdame a confiar un poco más.
La espera puede dejar de ser un lugar de tensión y convertirse -aunque sea a ratos- en un lugar de encuentro. Y esas etapas que no elegiríamos pueden terminar transformando algo en lo más hondo de nosotros.
Incluso sin respuestas claras, sin fechas, sin seguridades, podemos seguir caminando. Podemos seguir confiando. Podemos seguir viviendo.
Sin desesperar en el intento.
O, al menos, desesperando un poco menos.
La imagen es de polina tankilevitch en pexels
Muchas gracias, Marta.
Este post está escrito para mí… En estos días mi oración es tal y como la describes, y solo puedo ponerme en sus manos y confiar mientras espero, aun sin entender nada.
Un abrazo.