Muchos de nosotros tratamos de vivir desde la Fe todos los días de nuestra vida. Con la seguridad de que tenemos a Dios ahí y que podemos acudir a Él en cualquier momento en busca de ayuda, en busca de consuelo, en busca de consejo o en busca de luz. O simplemente para estar con Él sin más, para contarle nuestro día, nuestras inquietudes, nuestros miedos, nuestras preocupaciones, nuestras penas o nuestras alegrías. Y es un privilegio vivir así.
Algunos de nosotros, sin embargo, tendemos, aún sin quererlo, a atribuir a Dios limitaciones que en realidad no tiene. Y nos cuesta dejarnos sorprender por su grandeza.
Las personas somos seres limitados. Limitadísimos. Porque vivimos bajo el paraguas del espacio y el tiempo. Y porque contamos también limitaciones que son fruto de los talentos con los que contamos y los que no contamos, de nuestras capacidades, nuestras virtudes, nuestros defectos, nuestra edad, nuestros recursos o el entorno en el que vivimos. Todas ellas condicionan enormemente lo que somos y lo que podemos llegar a ser.
Y como nosotros estamos tan limitados y así son también todas las personas que nos rodean, tendemos a pensar en un Dios que también está limitado. Aún sin quererlo. Y, de alguna manera, atendiendo a esas limitaciones que le atribuímos, nosotros entendemos qué puede o qué no puede hacer Dios. Y, por supuesto, obramos en consecuencia.
Y así, en ocasiones no acudimos a Él para confiarle pequeñas cosas que son importantes para nosotros, porque entendemos que Dios está para lo importante. O porque entendemos que, con la de cosas relevantes de las que se tiene que ocupar en este querido mundo nuestro que está tan estropeado, ¿cómo vamos a ir nosotros a molestarle con nuestras pequeñeces?
En otras ocasiones, damos por hecho que hay cosas que salen de su alcance. Como le pasó a Jairo tiempo atrás, que acudió a Jesús para que sanara a su hija enferma pero cuando supo que su hija ya había fallecido, entendió que Jesús ya no podría hacer nada.
¿Cuándo entenderemos que Dios es infinito y que puede atender simultáneamente lo grande y lo chico de todos nosotros? ¿Cuándo entenderemos que Dios es todopoderoso? ¿Cuándo entenderemos que Dios no está limitado, como nosotros, por el espacio y por el tiempo? ¿Cuándo aprenderemos a vivir, de verdad, como niños, confiando completamente en que tenemos ahí a Dios, en la retaguardia, acompañándonos en el camino de la vida? ¿Cuándo entenderemos que Dios es, sobre todo, Padre y que nos quiere más de lo que nosotros podemos ni soñar?
Debemos vivir, de verdad, confiados.
Y cuando no entendamos sus silencios o sus aparentes faltas de respuesta, podemos guardar en el corazón todo aquello que no entendemos y regalarle nuestra Fe. Sabedores de que Él siempre, siempre, siempre, nos escucha. Seguros de que el Él sabe más. Seguros de que todo tiene un porqué y todo tiene un para qué.
En aquel tiempo, Jesús pasó de nuevo en la barca a la otra orilla y se aglomeró junto a Él mucha gente; Él estaba a la orilla del mar. Llega uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y al verle, cae a sus pies, y le suplica con insistencia diciendo: «Mi hija está a punto de morir; ven, impón tus manos sobre ella, para que se salve y viva». Y se fue con él. Le seguía un gran gentío que le oprimía. (…)
Mientras estaba hablando llegan de la casa del jefe de la sinagoga unos diciendo: «Tu hija ha muerto; ¿a qué molestar ya al Maestro?». Jesús que oyó lo que habían dicho, dice al jefe de la sinagoga: «No temas; solamente ten fe». Y no permitió que nadie le acompañara, a no ser Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegan a la casa del jefe de la sinagoga y observa el alboroto, unos que lloraban y otros que daban grandes alaridos. Entra y les dice: «¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no ha muerto; está dormida». Y se burlaban de Él. Pero Él después de echar fuera a todos, toma consigo al padre de la niña, a la madre y a los suyos, y entra donde estaba la niña. Y tomando la mano de la niña, le dice: «Talitá kum», que quiere decir: «Muchacha, a ti te digo, levántate». La muchacha se levantó al instante y se puso a andar, pues tenía doce años. Quedaron fuera de sí, llenos de estupor. Y les insistió mucho en que nadie lo supiera; y les dijo que le dieran a ella de comer.
Marcos 5, 21 – 43
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Me ha gustado mucho este post. Y has dicho una cosa que me gusta especialmente: «Dios sabe más».