Muchos de nosotros estamos cargados de prejuicios. Algunos son muy evidentes y los reconocemos con facilidad. Juzgamos a las personas por su aspecto, por su raza, por su educación, por su forma de vestir o por su orientación sexual.
Pero hay otra forma de prejuicio de la que quizá somos menos conscientes. Podemos clasificar a las personas por los errores que han cometido. Por las decisiones equivocadas que tomaron. Por el pecado que arrastran. Por aquello que hicieron mal en algún momento de su vida.
Y cuando dejamos que el pecado de alguien condicione nuestra mirada, corremos el riesgo de dejar de ver a la persona que hay detrás.
Corremos el riesgo de dejar de ver al hijo, al hermano, al amigo, al compañero. Corremos el riesgo de dejar de preguntarnos qué le llevó hasta allí, qué heridas carga, qué circunstancias ha vivido, qué batalla está librando.
Y, sobre todo, corremos el riesgo de dejar de darle la oportunidad de cambiar.
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