¡Buen camino!

¡Buen camino!

Hace tan solo unos días celebramos la fiesta del Apóstol Santiago, patrón de España.

Santiago el Mayor fue uno de los doce apóstoles de Jesús y uno de los más cercanos a Él. Según la tradición, después de la muerte y resurrección de Jesús, llegó hasta Hispania para anunciar aquí el Evangelio. Más tarde regresó a Jerusalén, donde murió mártir. Sus discípulos trasladaron sus restos hasta estas tierras y los enterraron en el lugar donde hoy se levanta Santiago de Compostela. Con el paso de los siglos, Santiago se convirtió en uno de los grandes centros de peregrinación de la cristiandad europea.

Pero no todos los peregrinos que caminan hacia Santiago lo hacen por el mismo motivo. Algunos emprenden el camino para dar gracias; otros, para pedir favores al Cielo. Los hay que cumplen una promesa, que buscan encontrarse con Dios o que necesitan un tiempo para pensar y poner su vida en orden. También están quienes lo recorren atraídos por la naturaleza, por el reto personal o, sencillamente, porque sienten que tienen que estar allí aunque todavía no sepan muy bien por qué.

Quizás por eso el Camino de Santiago se parece tanto al camino de nuestra propia vida.

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Prestar atención

Prestar atención

La sociedad en la que vivimos nos empuja a recorrer la vida mirando continuamente el reloj. Nuestro tiempo es limitado, siempre tenemos muchas cosas que hacer y no nos queda más remedio que organizar muy bien la agenda para llegar a todo.

Y hasta aquí, bien.

El problema aparece cuando intentamos meter en esa agenda más cosas de las que realmente deberíamos. Reservamos tiempos demasiado ajustados y terminamos viviendo acelerados, porque basta un pequeño retraso o cualquier contratiempo para que todo lo que viene detrás se desmorone.

Conviene que a cada acción le reservemos el tiempo que requiere. Conviene que a cada acción le prestemos la atención que merece. Y conviene, sobre todo, que nuestras acciones las hagamos con amor, porque es el amor que ponemos en ellas lo que las hace valiosas.

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Compartir la mesa

Compartir la mesa

Hay algo especial en una mesa alrededor de la cual se reúnen varias personas. No importa demasiado si la comida es abundante, si es escasa, si es casera, si la compramos ya cocinada o si está compuesta de restos de días anteriores. Lo importante es que, durante un rato, dejamos a un lado nuestra actividad para estar con otros.

Son muchos los pasajes del Evangelio en los que Jesús aparece sentado a la mesa. A veces con amigos, otras con desconocidos. En ocasiones con personas respetadas y en otras con quienes nadie quería relacionarse. Jesús enseñaba en las sinagogas, en los caminos y en las plazas, pero también evangelizaba compartiendo la mesa y la conversación.

Y no es casualidad.

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La santidad de lo impoerfecto

La santidad en lo imperfecto

Nos cuesta mucho aceptar lo imperfecto. Nos pasa en casi todo: en el trabajo, en casa, en nuestras relaciones… y también en nuestra vida de Fe.

Nos gustaría hacer las cosas mejor. Llegar a todo. Ser más pacientes, más constantes, más generosos. Rezar con más ganas, tener más luz, no fallar tanto. Y cuando eso no pasa -que es muchas veces- aparece una cierta sensación de frustración. Como si estuviéramos siempre un poco por debajo de lo que deberíamos ser.

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