Hay algo especial en una mesa alrededor de la cual se reúnen varias personas. No importa demasiado si la comida es abundante, si es escasa, si es casera, si la compramos ya cocinada o si está compuesta de restos de días anteriores. Lo importante es que, durante un rato, dejamos a un lado nuestra actividad para estar con otros.

Son muchos los pasajes del Evangelio en los que Jesús aparece sentado a la mesa. A veces con amigos, otras con desconocidos. En ocasiones con personas respetadas y en otras con quienes nadie quería relacionarse. Jesús enseñaba en las sinagogas, en los caminos y en las plazas, pero también evangelizaba compartiendo la mesa y la conversación.

Y no es casualidad.

Alrededor de una mesa ocurren cosas que difícilmente suceden en otros lugares. Las prisas disminuyen. Bajamos la guardia. Compartimos lo que nos pasa, lo que nos preocupa o lo que sentimos. Comentamos lo que está pasando a nuestro alrededor. Nos pedimos opinión, nos pedimos consejo y nos pedimos ayuda. En ocasiones discutimos. Otras lo pasamos muy bien. Otras veces simplemente disfrutamos del silencio sintiéndonos acompañados.

Sin embargo, parece que cada vez nos cuesta más sentarnos, de verdad, juntos, prestándonos atención plena. Porque con frecuencia los teléfonos ocupan un lugar privilegiado en nuestras mesas. Porque nos acompaña la televisión. Porque, con agendas tan llenas de compromisos, son muchas las veces que comemos rápido, malamente, a destiempo, o incluso cada uno por su lado.

Pero esos momentos son muy necesarios.

Las familias se robustecen compartiendo tiempo. La amistad no crece sólo intercambiando mensajes; también necesita encuentros. Una comunidad cristiana también necesita conocerse, escucharse y compartir la vida.

Y es en las pequeñas vivencias de la vida cotidiana, en medio de la normalidad, donde nos conocemos y aprendemos a acogernos unos a otros tal y como somos.

Cuando Jesús multiplicó los panes, no entregó a cada persona una ración para que se la llevara a casa. Invitó a la multitud a sentarse. Cuando celebró la última cena, reunió a sus discípulos alrededor de una mesa. Cuando quiso hacerse reconocer por los de Emaús, fue al partir el pan.

La mesa es un lugar de encuentro privilegiado.

Tal vez por eso una de las formas más sencillas de vivir el Evangelio hoy sea recuperar el valor de sentarnos juntos. Apagar durante un rato las pantallas. Abrir nuestro corazón. Escuchar con atención. Hacer sitio para quien suele quedarse fuera. Abrir la puerta de casa cuando sea posible.

Compartir el pan y nuestro tiempo nos hace sentir que no hemos sido creados para caminar solos.

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