El próximo domingo dará comienzo el Adviento; un período del año litúrgico en el que se nos invita a prepararnos para la celebración del nacimiento de Jesús.
En esta vida de locura que buena parte de nosotros llevamos, tan rápida, rodeados de ruido por todas partes, hiperconectados y con exceso de información que sabemos que tenemos que filtrar porque con frecuencia contiene medias verdades, conviene parar de vez en cuando y hacer hueco al silencio. Para poder mirar hacia adentro. Para poder estar con Dios. Para recuperar la paz interior. Para poder hacer balance y poder concluir si vamos avanzando en el camino del amor o si por el contrario estamos distraídos, al tran trán, sentados al borde del camino.
Cuando se acercaba a Jericó, había un ciego sentado al borde del camino pidiendo limosna. Al oír que pasaba gente, preguntaba qué era aquello; y le informaron: «Pasa Jesús el Nazareno». Entonces empezó a gritar: «¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!». Los que iban delante lo regañaban para que se callara, pero él gritaba más fuerte: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!». Jesús se paró y mandó que se lo trajeran. Cuando estuvo cerca, le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti?». Él dijo: «Señor, que recobre la vista». Jesús le dijo: «Recobra la vista, tu fe te ha salvado». Y enseguida recobró la vista y lo seguía, glorificando a Dios. Y todo el pueblo, al ver esto, alabó a Dios.
Evangelio Lucas 18, 35 – 43
Aquel ciego al que se refiere Lucas se encontraba sentado al borde del camino. Sin poder trabajar, poco podía hacer para poder subsistir más que quedarse allí, esperando, pidiendo limosna. Pero apareció Jesús y supo aprovechar la oportunidad que se le presentaba. El Maestro le regaló la vista y transformó su vida. Y él, agradecido, dejó atrás aquel borde del camino y lo siguió dando gloria a Dios.
Nosotros hoy, muchas veces también vivimos sentados al borde del camino. Distraídos con una y mil cosas que, sin ser necesariamente malas, nos despistan de lo esencial. Esclavizados por las miserias que llevamos en el corazón. Acomodados en una vida en la que tratamos de evitar los riesgos. Pero Jesús también está saliendo a nuestro encuentro. Y también quiere regalarnos una nueva mirada con la que ver el mundo, sus retos y a las personas que nos rodean: una mirada que nos haga ver con la lógica del Cielo y nos lleve a obrar en consecuencia.
Siempre es un buen momento para parar y hacer balance. ¿Por qué no aprovechar para hacerlo este Adviento? Es tiempo de tomar conciencia de qué es lo que estamos haciendo bien y qué es lo que deberíamos estar haciendo mejor. Es tiempo de poner orden en de nuestra vida. Y es tiempo tambén de poner en valor todo lo bueno que se nos ha regalado y vivir agradecidos por tanto.
Prepararemos el corazón para la venida de ese Niño que, un año más, quiere nacer de nuevo en nuestro corazón.
Para terminar este post os dejo un poema precioso titulado Distraído, del P. José María Rodríguez Olaizola SJ, publicado en su libro Cuando llegas.
Distraído
Si me pierdo, Señor,
Entre el ruido que no llena
y el silencio que no habitas,
peleando guerras
que ni son las tuyas
ni a mí me conquistan,
abrazando el humo
de fuegos imposibles.
Si me distraigo,
absorto en un concierto
de instrumentos desafinados,
despreciando la llave
sin abrir cadenas,
descarriado
por no abandonar
seguridad
ni costumbre.
Dispersión que me cautiva,
seducción que me descentra,
apuesta que pierdo
al elegir otro juego.
Si llamas:
«Atento».
Y lo estoy.
A todo
menos a ti.
Zarandea mi locura,
Despiértame del ensueño,
sácame del camino a ninguna parte,
muéstrame tu rostro.
Si me pierdo, encuéntrame.
La imagen es de pexels en pixabay
Una reflexión muy profunda y llena de Verdad