Vivimos rodeados de demasiado ruido. Un ruido que nos distrae constantemente, que absorbe nuestra atención, que nos impide estar tranquilos y nos roba la paz. Es posible que algunos no seamos demasiado conscientes de ello, pero ese ruido está ahí y es un ladrón al que conviene tener identificado y al que conviene tener acorralado en la medida en la que nos sea posible. Porque si no lo hacemos, casi sin que nos demos cuenta, se irá haciendo más y mas fuerte.
Vivimos entre demasiado ruido debido a nuestra hiperconexión. Nos llega una cantidad tan grandísima de información a través de emails, whatsapps o mensajes en redes sociales entre los que se mezclan contenidos dispares, que llega un momento en el que ya nos cuesta procesar la información para discriminar qué es importante y qué no, o a qué debemos contestar y qué debemos dejar pasar. Por otro lado, nos encontramos con que son llamadas constantes de nuestra atención que se suceden a todas las horas del día, distrayéndonos de aquello que estemos queriendo hacer. Y lo cierto es que cada vez nos resulta más difícil concentrarnos poniendo nuestros cinco sentidos en una conversación con un amigo, en una reunión de trabajo o en un paseo en soledad desde el que meditar o buscar a Dios.
Vivimos entre demasiado ruido conteniendo medias verdades o verdades a la carta. Y, tanto es así, que empieza a costarnos distinguir cómo es, de verdad, la realidad y qué es lo que hay detrás de los hechos que leemos en noticias o en comentarios en redes sociales. Porque además, a fuerza de relacionarnos muy preferentemente con quienes piensan como nosotros, estamos cada vez más polarizados y se nos hace cada vez más difícil tener criterios con fundamento.
Vivimos entre demasiado ruido provocado por una presión social que nos quiere imponer a qué debemos aspirar y qué pasos son los que debemos ir dando en la vida.
Vivimos entre demasiado ruido provocado por unos trabajos sin límite horario en los que cada día se suceden los acontedimientos y los problemas más deprisa: al ritmo que nos marca la vertiginosa velocidad a la que está evolucionando la tecnología.
Ese ruido, que nos acosa por todas partes aunque no queramos, a veces somos nosotros los que lo buscamos. Por miedo a quedarnos solos con nosotros mismos y tener que enfrentarnos con nuestra realidad en esa intimidad en la que no hay nada que aparentar. Por miedo a escuchar a ese Dios que puede pedimos lo que no estamos dispuestos a dar.
Pero eso es, sin duda, un error.
Conviene, por el contrario, bloquear espacios y tiempos en los que no se pueda colar nada de ese ruido. Necesitamos espacios y tiempos para pasarlos con los nuestros. Necesitamos espacios y tiempos para escuchar a otros y ocuparnos de ellos. Necesitamos espacios y tiempos para descansar. Necesitamos espacios y tiempos para sacar aprendizajes. Necesitamos espacios y tiempos para estar con Dios, contarle nuestras cosas y disfrutar de su compañía sin más. Necesitamos espacios y tiempos para decidir hacia dónde ir y qué hacer con las oportunidades que se nos van presentando en la vida.
Y así, con las cosas claras, los deberes hechos y las pilas cargadas, quedarnos tranquilos y en paz. Seguros de que estamos en el buen camino por ruidoso que sea el contexto en el que nos ha tocado vivir. Y mañana será otro día.
La imagen es de analogicus en pixabay
Buenos días. Gracias.
Maravillosa, por verdadera, reflexión! Gracias, gracias, gracias