Estamos a tan solo unos días de que empiece el Adviento. Un período muy especial del año, en el que se nos invita a prepararnos espiritualmente para celebrar el nacimiento de Jesús.

La invitación que se nos hace en este tiempo es, en mi opinión, muy sensata:

Porque muchos de nosotros vamos muy acelerados por la vida, corriendo cada día detrás de una agenda de locura en la que casi no cabe ni una reunión ni una actividad más. Y si no nos forzamos nosotros mismos a parar para poder dedicar un espacio a la reflexión y a Dios, ese momento no llegará. Y nos encontraremos con que llegamos al día de Navidad con los deberes sin hacer.

Porque parar para reflexionar también ayuda a entrar en un estado de serenidad. Un estado en el que parece que se nos reajusta la mirada y volvemos así a ver el valor de tantas pequeñas grandes cosas que pasan en nuestra vida cada día y que cuando vamos acelerados y envueltos por los ruidos del mundo nos pasan desapercibidas.

Porque conviene repensar, un año más, qué es lo que celebramos. Es bien cierto que el nacimiento de Jesús es el mismo cada año, pero no es menos cierto que nosotros somos distintos cada vez que lo celebramos. Y esta Navidad no somos las mismas personas que éramos el año pasado ni tampoco las que seremos el año que viene. Porque nuestras vivencias nos hacen crecer, nos hacen evolucionar, nos hacen sentirnos diferentes y nos hacen estar receptivos a distintas cosas.

Conviene que decidamos, un año más, cómo queremos vivir estos días. Si no lo hacemos, corremos el riesgo de confundir el comienzo del Adviento con el Black Friday y corremos con ello el riesgo de meternos, casi sin que nos demos cuenta, en esa rueda de consumo sin medida que enloquece a tantas de las personas que nos rodean.

No cometamos el error de limitarnos a preparar la Navidad decorando nuestras casas con luces, flores de pascua y belenes, dejando atrás lo único que verdad es importante preparar, que es el corazón.

Ojalá este año no sea Jesús el gran olvidado en un tiempo que en muchos casos hemos asimilado a unos días de vacaciones en los que aprovechamos para hacer alguna escapada o que dedicamos a intercambiamos lotería y regalos y a juntarnos con nuestras familias en torno a la mesa.

Ojalá sepamos hacer este año, de la Navidad, algo realmente especial. Es tiempo de volvernos, de verdad, a Dios. Es tiempo de nacer de nuevo. Es tiempo de esperanza. Es tiempo de vivir desde un profundo agradecimiento por tanto como hemos recibido.

La imagen es de congedesign en pixabay

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