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Muchos de nosotros no valoramos, habitualmente, en su justa medida, las cosas buenas que constituyen los pilares en los que se asienta nuestra vida: la salud, la fe, nuestros padres, nuestros hermanos, nuestros hijos, nuestros amigos, nuestro trabajo … hasta que sentimos que los podemos perder. Eso sí, nos basta, por ejemplo, atravesar una simple gastroenteritis de esas que dejan el cuerpo agotado, para valorar la salud. En ese momento le damos la importancia que realmente tiene y nos sentimos muy afortunados si la recuperamos.

Frente a la vivencia de una de estas experiencias que nos obligan a poner en valor lo que tenemos, las personas tenemos distintas reacciones: algunas sentimos un profundo agradecimiento a Dios que, al menos durante unos días, nos hace ver la vida desde otro prisma; otras dejamos pasar la vivencia sin más, como tantas otras.   

Hay un pasaje del Evangelio que trata sobre el agradecimiento y es el siguiente:

Cuando iba a entrar en una ciudad, vinieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: «Jesús, maestro, ten compasión de nosotros». Al verlos, les dijo: «Id a presentaros a los sacerdotes». Y sucedió que, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se postró a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole gracias. Este era un samaritano. Jesús, tomó la palabra y dijo «¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero?» Y le dijo: «Levántate, vete; tu fe te ha salvado». (Evangelio Lucas 17, 12 – 19).

La lepra en época de Jesús era una enfermedad terrible; porque no sólo el cuerpo se iba cayendo a pedazos sino que además obligaba a quien la padecía a vivir desterrado para evitar contagios.  Si en algún caso un leproso se curaba tenía que acudir a los sacerdotes para que éstos certificaran su sanación. Y una vez certificada ya podía volver a casa.

En esta ocasión 10 leprosos piden a Jesús que les compadezca y que les cure. Jesús les concede el milagro y, cuando iban ya de camino a Jerusalén, quedan limpios. Pero solo uno de ellos desanda el camino para, antes de solicitar la certificación de los sacerdotes, dar las gracias a Jesús. Solo uno de ellos demuestra no tener una fe interesada y rebosa agradecimiento.

Y ese que volvió, para colmo, resultó ser samaritano (los samaritanos eran despreciados por los judíos, porque nunca ponían los pies en el templo). Fue este «extranjero» el único que demostró tener caridad y un profundo agradecimiento hacia quien le había devuelto la salud y la oportunidad de volver a vivir con los suyos y en sociedad. Fue el único que demostró tener «ese estilo» que Jesús quiere que tengamos y que Él tuvo primero. Estilo que no es otro que el del amor a los demás: que unas veces se traduce en escuchar, otras veces se traduce en atender, otras veces se traduce en dar consejo, otras veces se traduce en prestar dinero … y otras veces – como en este caso – se traduce en demostrar agradecimiento.

Este pasaje del Evangelio bien podríamos trasladarlo a nuestros días. Porque aunque la ciencia, y en particular la curación de las enfermedades, ha evolucionado muchísimo, lo cierto es que ni el corazón ni el comportamiento de los hombres ha cambiado demasiado. Las personas seguimos actuando guiadas por unos sentimientos igualitos a los de entonces; y el egoísmo y el desagradecimiento siguen muy presentes en nuestras vidas y en nuestra sociedad.

En mi opinión, merece muchísimo la pena que hagamos un esfuerzo para tratar de poner en valor todas esas cosas buenas que rodean nuestra vida. Para apreciarlas como el tesoro que son y disfrutar intensamente de ellas mientras las tengamos con nosotros. Y tratar de vivir nuestra vida desde un estado de profundo agradecimiento a Dios. Profundo agradecimiento al que se sumarán, puntualmente, otros agradecimientos más pasajeros por las pequeñas cosas buenas que se nos van presentando en el día a día.

Vivir así nos ayudaría enormemente a restar importancia a tantas cosas de las que nos preocupamos o por las que nos enfadamos que realmente no valen la pena. Nos ayudaría a ver habitualmente la botella más «medio llena» que «medio vacía». Y nos ayudaría, también, a ser más felices y a hacer más felices a quienes nos rodean.

La imagen es de sasint en pixabay

4 comentarios

  1. Nete muy, muy agradecida a tu comentario semanal, oportuno y útil. Ojalá «los otros nueve» vuelvan a darte las gracias, también. Gramorix.

  2. Este texto de san Lucas tiene varias cosas interesantes:
    Los leprosos llaman a Jesús por su nombre, como hará el ladrón en la cruz, para acto seguido invocar su poder con la palabra maestro y apelar a la misericordia de Dios, que es la mejor manifestación de su amor por los hombres.
    El personaje del samaritano es el testimonio de la universalidad del mensaje de Jesús, y nos lo muestra postrándose ante Él en acción de gracias como solo suele hacerse ante Dios.

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