Algunos de nosotros, atrapados por las muchas ataduras del mundo, vivimos como paralizados. Nuestras dependencias, el qué dirán, las prisas, el apego a las cosas materiales y, sobre todo, nuestros miedos, nos impiden avanzar de una manera decidida en el estilo de vida que nos propuso Jesús. Y le pedimos ayuda: que nos muestre el camino para liberarnos de esa parálisis que nos impide alejarnos de la mediocridad.

Como en cierta ocasión le pidieron que ayudase a una persona que le presentaron acostada en una camilla:

En esto le presentaron un paralítico acostado en una camilla. Viendo la fe que tenían, dijo al paralítico: «¡Ánimo, hijo!, tus pecados te son perdonados». Algunos de los escribas se dijeron: «Este blasfema». Jesús, sabiendo lo que pensaban, les dijo: «¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir: «Tus pecados te son perdonados», o decir: «Levántate y echa a andar»? Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad e la tierra para perdonar pecados – entonces dice al paralítico -: «Ponte en pie, coge tu camilla y vete a tu casa». Se puso en pie y se fue a su casa.

Evangelio mateo 9, 2 – 7

Este pasaje del Evangelio retrata a un Jesús valiente y astuto, que comprendiendo la mala disposición de los escribas, les demuestra quien es, que tiene poder para sanar y que tiene también poder para perdonar los pecados. ¿Cuándo aprenderían -y aprenderemos también nosotros- a tener buena intención al juzgar? «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios« (Evangelio Mateo 5, 8).

Retrata también el pasaje a un Jesús casi maternal, que se ocupa del que sufre, que en este caso el es paralítico. Al que dice unas palabras que podemos sentir que también nos dice hoy a cada uno de nosotros:

Animo. Jesús le mira el corazón y sabe de su sentir: quizás desánimo, quizás cansancio, quizás miedo, quizás incertidumbre, quizás nervios, quizás vértigo, quizás ilusión. Y empatiza con él mandándole un soplo de esperanza. De la misma manera que empatiza con nosotros, se alegra con nuestras alegrías, que siente como suyas, y sufre con nuestras penas, que también siente como suyas. ¿No es acaso eso lo que hay detrás de ese «a mí me lo hicísteis»?

Hijo. No ve Jesús en el paralítico a un desconocido. Lo mira queriéndolo, como se mira a un hijo. Como nos mira y nos quiere también a cada uno de nosotros. Porque cada uno de nosotros somos únicos e irrepetibles y para cada uno tiene un plan.

Tus pecados te son perdonados. Aquella persona buscaba la curación de su parálisis, pero Jesús quiso curarle el cuerpo y también el alma. Y le regaló mucho más de lo que pidió. Como a nosotros también nos hacen regalos desde el Cielo, aunque muchas veces no sepamos ni verlos ni apreciarlos como el tesoro que son.

Ponte en pie, coge tu camilla y vete a tu casa. ¿No nos invita Jesús también a nosotros a que dejemos atrás todas esas cosas que nos paralizan y que nos impiden avanzar en el camino del amor y en la construcción del reino? Debemos dejar atrás nuestras servidumbres, nuestras ataduras, nuestras miserias y nuestros miedos. Y pasar a vivir la vida con mucha Fe. Y desde el compromiso con Dios, con el bien común, con las personas que van pasando a nuestro lado en el camino de la vida y con el Evangelio. No lo dejemos para mañana. No tenemos tiempo que perder.

La imagen es de PublicDomainArchive en pixabay

1 comentario

  1. Muy interesante esta doble interpretación de las palabras de Jesús, «ponte en pie, coge tu camilla y vete a tu casa», como afirmación de la curación y como mensaje de ánimo para andar por la vida.

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