El compromiso es esa fuerza que nos mueve a trabajar en favor de aquello por lo que hemos decidido luchar, esforzándonos al máximo por sacrificado que sea.

Una persona comprometida es una persona que no solo cumple con sus obligaciones sino que hace mucho más de lo que se podría esperar de ella. Es una persona fiel, responsable, que no se rinde frente a la adversidad, que sabe ser perseverante y que se hace cargo de las consecuencias derivadas de su conducta.

Nuestros compromisos pueden ser de muy distinta naturaleza:

Podemos comprometernos con nuestro trabajo. Y darlo todo en él cada día, plantando cara a todos los retos que se nos van presentando, y dedicándole también nuestra ilusión, nuestros desvelos y nuestro tiempo personal cuando hace falta.

Podemos comprometernos con nuestras familias, con nuestros amigos, o con las personas que de alguna manera van formando parte de nuestras vidas. Haciendo de sus alegrías las nuestras y de sus problemas, también los nuestros. Y, por supuesto, obrando en consecuencia.

Podemos comprometernos con una determinada causa que nos mueva especialmente el corazón: el cuidado del planeta, los mayores, las personas con discapacidad, las personas inmigrantes o los más vulnerables. Y luchar por ella entregándole nuestras ganas, nuestra energía y ese tiempo que no tenemos.

Y podemos comprometernos, cómo no, con el Evangelio; lo que nos llevará a tratar de vivir desde un profundo amor a Dios y un profundo amor a los demás. A todos los demás. Este compromiso, en mi opinión, es el más poderoso; porque al ser transversal, convierte el ser comprometidos en una forma de vida que siempre va con nosotros, estemos donde estemos, hagamos lo que hagamos y estemos con quien estemos.

El compromiso con el Evangelio lleva consigo no mirar para otro lado cuando las cosas se ponen feas, implica atacar los problemas de frente cuando se presentan, implica no tirar la toalla e implica llegar siempre hasta el final.

Así es como nos llama a vivir Jesús: comprometidos con su doctrina y, por lo tanto, comprometidos con Dios y con los demás. Dándolo todo por el Evangelio. Es ese «ven y verás» (Evangelio San Juan 1, 46) que se nos propone también hoy a nosotros. Llamada a la que, por supuesto, en nuestra libertad, podemos acudir… o no hacerlo.

Algunos de nosotros tratamos de hacer compatible el compromiso con nuestro bienestar personal. Y tratamos de hacerlo compatible también con ese querer quedar bien con todos y ser estimados por todos, sin chocar con nadie. Pero eso no es posible. Quien así actúa, en realidad no se compromete:

«Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás vale para el reino de Dios»

Evangelio Lucas 9, 62

No valen las medias tintas. No valen las medias verdades. No valen las excusas. Y no valen, de ninguna manera, las mediocridades: o nos comprometemos o no nos comprometemos. Sin más. Y sin menos.

O apostamos por jugar en el equipo de Dios o apostamos por jugar en el equipo del mundo.

La imagen es de Pexels en pixabay

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