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Las personas tendemos a compararnos con los demás. Y esas comparaciones nos sirven como referencia para valorar cómo de bien o mal estamos nosotros en un determinado tema. Así, por ejemplo, cuando un profesor reparte los resultados de un examen, enseguida nos interesamos por conocer las notas de nuestros compañeros y ponemos la nuestra en ese contexto: independientemente de la calificación que hayamos sacado, si la mayoría están por debajo de nosotros sentimos que nos ha ido bien y cuando la mayoría está por encima nos preocupamos.

En el resto de órdenes de la vida hacemos lo mismo; y ya desde niños, y en nuestras familias, nos comparamos con nuestros hermanos y andamos midiendo quién es más alto, quién corre más, quién tiene más amigos, quién saca mejores notas, quién baila mejor, quién se echa novia o novio antes … y fuera del entorno familiar y cuando van pasando los años, seguimos haciendo lo mismo.   

Compararse con los demás es algo que en sí mismo no es ni bueno ni malo. Lo que es más peligroso, en mi opinión, son las consecuencias que pueden traer esas comparaciones, ya que en muchos casos son generadoras de envidias y en otros muchos casos son generadoras de soberbias.

Por otro lado creo que, en los temas de verdad relevantes, andarnos comparando con los demás no tiene sentido. Porque Dios tiene un plan distinto para cada uno de nosotros y por eso a cada uno nos dotó con unas cualidades y unos talentos: los que necesitamos para cumplir su plan. Ni uno más. Ni uno menos. Por eso las personas somos todas diferentes. Tan distintas que cada uno de nosotros somos únicos e irrepetibles.

Y lo que se nos pide es que pongamos esas cualidades y talentos que tenemos al servicio de los demás: el que sea especialmente brillante o inteligente poniéndose a disposición de los que requieren de orientación, el que tenga sensibilidad estando siempre al servicio de aquellos que necesitan desahogarse, el que tenga simpatía aligerando las preocupaciones y los agobios de quienes le rodean, el que tenga riquezas ayudando a otros a salir adelante, el líder guiando a los que se sienten más perdidos …

Por supuesto, en nuestra libertad, podremos escoger poner nuestras cualidades y nuestros talentos al servicio de los demás o no hacerlo. Faltaría más.

Hay una carta de San Pablo en la que explica este tema de una manera muy didáctica: asimila las personas a las distintas partes de un solo cuerpo, teniendo por tanto cada una su función y siendo todas ellas necesarias para que el cuerpo en su conjunto funcione. Ese pasaje es el siguiente:

Dios distribuyó a cada uno de los miembros en el cuerpo como quiso. Si todos fueran un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo? Sin embargo, aunque es cierto que los miembros son muchos, el cuerpo es uno solo. El ojo no puede decir a la mano: «No te necesito»; y la cabeza no puede decir a los pies: «No os necesito». Sino todo lo contrario, los miembros que parecen más débiles son necesarios. Y los miembros del cuerpo que nos parecen más despreciables los rodeamos de mayor respeto; y los menos decorosos los tratamos con más decoro; mientras que los más decorosos no lo necesitan. Pues bien, Dios organizó el cuerpo dando mayor honor a lo que carece de él, para que así no haya división en el cuerpo, sino más bien todos los miembros se preocupen por igual unos de otros. Y si un miembro sufre, todos sufren con él; si un miembro es honrado, todos se alegran con él(Primera carta de San Pablo a los Corintios 12, 18 – 26).

Lo deja claro como el agua: cada uno tenemos un papel distinto y todos somos necesarios los unos para los otros.

Llegar a aceptar que tenemos nuestra función y que para cumplirla estamos dotados, nos hará por otro lado, mucho más felices. Porque evitará que nos andemos comparando con los demás en aspectos en los que no debemos y en los que siempre encontraremos quien sobresalga más que nosotros.

Preociosísimo también el final del pasaje, en el que nos llama a ocuparnos los unos de los otros y nos invita, muy en particular, a alegrarnos con aquel al quien las cosas le van bien y a sufrir con el que sufre.

La imagen es de Germ en Flickr

3 comentarios

  1. Qué bien explicas lo distintos que somos. Somos únicos y todos desempeñamos una misión. La unión entre todos tiene la fuerza que nos va dando el amor. GRACIAS POR TANTO AMOR.

  2. Cuando una persona se integra en un grupo tiende a igualarse con los otros, buscando con esta nivelación una medianía en la que disolverse sin mucho esfuerzo y con comodidad. Lo importante y difícil es integrarse en un grupo sin dejar de ser uno-mismo y sin convertirse en uno-mas.

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