
Acabamos de celebrar la Navidad; aniversario del nacimiento de Dios hecho hombre en Belén, en el seno de una familia sencilla dispuesta a quererlo, a cuidarlo y dispuesta también a dejarlo volar cuando llegase el momento de hacerlo. Un hecho trascendente que cambiaría para siempre la historia de la humanidad y la vida de muchos de los que hemos nacido después y nos proponemos hacer nuestra la doctrina que ese Niño predicaría cuando fuera hombre.
En el orden social estamos viviendo días de celebración, días de reencuentro, días de familia y, al menos en España, días de lotería: la lotería de Navidad y la lotería del Niño, con las que abrimos y cerramos este paréntesis tan especial que hacemos en el año.
Jugar a la lotería es una tradición que tenemos tan arraigada entre nosotros, que raro es el que no se compra algún décimo para sí mismo y el que no intercambia décimos con familiares, compañeros de trabajo o amigos.
Jugamos sabiendo que lo más probable es que no nos toque, pero con la ilusión de pensar que nos podría tocar. Porque lo cierto -nos decimos- es que a alguien le tiene que tocar. Y disfrutamos fantaseando con la idea de que nos tocara y fantaseando también con lo que haríamos si nos tocase: ¿dejaríamos de trabajar?, ¿nos cambiaríamos de casa?, ¿haríamos un viaje?, ¿nos compraríamos ese móvil que acaba de salir?,… otros, más que con cosas, fantaseamos con la idea de vivir con algo más de tranquilidad gracias a ese colchón económico que podría permitirnos cancelar nuestra hipoteca, o salir adelante si algún día las cosas se nos ponen feas o se les ponen difíciles a nuestros padres o a nuestros hijos.
Y pocas veces caemos en la cuenta de que la lotería -la verdadera lotería- nos ha tocado ya. Sin comprar décimos. Sin gastar ni un eurito. Completamente gratis. Una lotería en la que, además, todos hemos sido premiados.
Porque ese Niño Jesús que nació en Belén siglos atrás vino para mostrarnos cómo debemos vivir para que nuestra vida tenga todo su sentido y para que seamos, de verdad, felices.
Su doctrina sigue tan vigente hoy como lo estaba entonces. Porque por mucho que haya evolucionado la tecnología o por mucho que se haya digitalizado el mundo, lo cierto es que la naturaleza humana sigue siendo la misma. Y la mochila de miserias que algunos de nosotros llevamos hoy no es distinta de la que llevaban los contemporáneos de Jesús: hoy, igual que entonces, nos toca luchar contra las envidias, soberbias, intereses y egoísmos que tantas veces se pasean por nuestro corazón y que, cuando no enfrentamos, se hacen fuertes y terminan condicionando enormemente nuestras decisiones y nuestra vida.
Él nos dio la clave para vivir y para ser felices:
Todo lo que queráis que haga la gente con vosotros, hacedlo vosotros con ella; pues esta es la Ley y los Profetas
Evangelio Mateo 7, 12
Es una clave sumamente sencilla. Pero lo que esa aparente sencillez encierra detrás, sin embargo, es de una profunda hondura: es una invitación a que miremos por los demás como si de nosotros mismos se tratara, que hagamos de sus problemas los nuestros y de sus alegrías, también las nuestras.
Nos enseñó también Jesús que tenemos un Dios que, sobre todo, es Padre. Un Dios que todo lo puede, un Dios que nos quiere más de lo que nunca hayamos podido siquiera imaginar y un Dios que está deseando que le invitemos a ser parte activa de nuestras vidas.
Sabiendo que tenemos a ese Dios como padre, ¿de verdad vamos a ser tan cortos de miras que vamos a poner nuestra tranquilidad y nuestra confianza en ese dinero que -con lotería o sin ella- nos permita hacer frente a cualquier adversidad que se nos pueda presentar el día de mañana, cuando, además, sabemos que nada de lo que es realmente importante se puede comprar?
No andéis agobiados, pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso. Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura.
Evangelio Mateo 6, 31 – 33
La imagen es de jacinta lluch valero en flickr.com
Marta, muy requetebien !
Mateo 22, 36-40:
Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley?
37 Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente.
38 Este es el primero y grande mandamiento.
39 Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
40 De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas.