En la sociedad en la que vivimos parece que el compromiso es algo que cada vez se nos hace más costoso. Quizás porque nos hemos acostumbrado a la inmediatez que en tantas cosas nos ha facilitado Internet. Quizás porque la pandemia que vivimos hace unos años nos hizo sentir que todo puede cambiar de repente, por muchos planes que hayamos hecho. Quizás porque, como sociedad, vamos siendo cada vez más individualistas. Quizás porque, especialmente las generaciones más jóvenes, parece que tienen cierta aversión a atarse a otras personas, a las instituciones e incluso a las empresas para las que trabajan. Quizás sea una suma de todo ello.

Pero lo cierto es que, pese a ese contexto en el que vivimos hoy, Jesús sigue saliendo a nuestro encuentro. Y nos sigue invitando a que le demos nuestro sí, quiero. Un sí, quiero que debe traducirse, necesariamente, en querer hacer vida su Evangelio y tiene que traducirse en ir viviendo, cada vez más, desde un profundo amor a Dios y un profundo amor a las personas que van pasando a nuestro lado en el camino de la vida. Y tiene que traducirse también en obras.

Nos pide un sí, quiero desde nuestra fragilidad. Consciente de nuestros defectos, de nuestras inseguridades, de nuestros miedos, de nuestros defectos, de nuestros afectos, de nuestras miserias, de nuestras heridas. Un sí, quiero a pesar de una realidad que se sabe vulnerable, que muchas veces cae, necesita pedir perdón y necesita recomponerse para volver a ponerse en marcha.

Nos pide un sí, quiero para siempre. Como en su día dieron María, José, Juan Bautista, once de sus 12 apóstoles o San Pablo. Todos ellos le dieron su sí, quiero cuando fueron llamados. Sin saber qué venía detrás. Sin tener garantías de que todo fuera a salir bien. Sin seguridades. Saltando al vacío de lo desconocido.

A algunos de nosotros, Dios les pedirá un sí, quiero desde la vocación religiosa. A otros – la mayoría- nos lo pedirá desde la vida de familia y la sencillez de una vida aparentemente corriente. A otros, desde la profesión. Lo mismo da.

Lo importante es que nosotros, haciendo uso de nuestra libertad, accedamos. Porque ese Dios que es, sobre todo, Padre, aunque todo lo puede, requiere de nuestra conformidad para participar activamente en nuestra vida, para irnos podando, para irnos mejorando y para irnos haciendo partícipes de la vida del Cielo ya en nuestra vida en la tierra.

Dios nunca se echa para atrás en su llamada. No juega con nosotros. Su llamada a nuestro compromiso seguirá estando siempre ahí, firme, también en esos días en los que nosotros tengamos dudas e incluso deseos de desandar el camino andado y comenzar nuestra marcha por una nueva vereda.

Desde el Cielo nos llaman a un viaje apasionante, que durará toda nuestra vida. Es un viaje solo de ida. Sin billete de vuelta.

Pasando junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés, el hermano de Simón, echando las redes al mar, pues eran pescadores. Jesús les dijo «Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres». Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. A continuación los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon en pos de él.

Evangelio Marcos 1, 16 – 20

2 comentarios

  1. Hola Marta, soy Francisco A.Jurado. Gracias por tu reflexión. Es cierto, a veces nos quedamos solo en la observación y en la lamentación y no pensamos tanto en lo que quiere Dios de nosotros. Nos liamos con nuestras cosas y no dejanos espacio para El y su labor en este mundo. Que Dios nos de la motivación y amor por El y por las personas de este mundo para dar nuestro si, quiero, a lo que nos pida. Un abrazo.

  2. Gracias Marta, es muy bonito porque mira, le decimos que «si» a nuestro querido Dios y Él ya se encarga de poner lo demás, por difícil que sea para nosotros, sus pequeñas criaturas.
    Un beso grande.

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