Evangelio apc Diente de león

San José fue un hombre bueno. Buenísimo. Jugó un papel clave en la vida de María y en la vida de Jesús y, por lo tanto, en la historia del cristianismo. Fue un hombre de Fe, coherente con ella, valiente y fiel a Dios: un buen día le dio su «sí, quiero» y lo mantuvo para el resto de su vida.

Y ese día fue este:    

La generación de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, como era justo y no quería difamarla, decidió repudiarla en privado. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: «José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados». Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y acogió a su mujer. (Evangelio Mateo 1, 18 – 21, 24).

José demostró ser un hombre bueno. Este pasaje del Evangelio dice explícitamente de José que era un hombre justo. Y en él vemos cómo pensaba comportarse con María, de quien creía que le había traicionado: lejos de querer vengarse de ella, no quiso causarle ningún daño y decidió repudiarla en secreto para no difamarla. Decidió devolverle bien por (aparente) mal.

También demostró ser hombre de Fe. De mucha Fe. Porque creyó que el hijo que María traía en su vientre había sido obra del Espíritu Santo, tal y como le había dicho el ángel. Y le obedeció.

Y con esa bondad y esa fe que le caracterizaron, acogió consigo primero a María y después también a Jesús y siempre cuidó de ellos. Su sí a Dios fue completo. Al igual que pocos meses antes, había sido completo el sí que también María había dado al Padre.

Jesús nacería poco después en Belén, sin riquezas materiales ni comodidades de ningún tipo. Más bien todo lo contrario. Pero, igual que nació en la escasez material, hubo algo en lo que Dios fue generoso sin límite con Jesús: le regaló los mejores padres que podía haber tenido aquí en la tierra; unos padres que le cuidaron y le quisieron y que, además, ya vivían desde antes que él naciera con el estilo de vida que predicaría 30 años después; vivían su vida cotidiana desde un profundo amor a Dios y un profundo amor a los demás. 

Nosotros, igual que en este caso hizo José, también podemos darle, si queremos, nuestro sí a Dios. La forma de hacerlo y de demostrárselo no es otra que querer y cuidar de sus hijos: las personas que van pasando a nuestro lado en el camino de la vida. Es un sí que podemos darle en un momento dado, como en este caso José, pero es un sí que tenemos que ir renovando y demostrando con hechos continuamente, siendo perseverantes y desprendiéndonos poco a poco de las «mochilas» que nos lastran – el egoísmo, el consumismo, la vanidad, la envidia, la soberbia, … – para poder ir creciendo en nuestra capacidad de amar a los demás y siendo cada vez más generosos con ellos. Aunque muchas veces ese crecimiento no nos resulte fácil y atravesemos etapas incluso de retroceso. Tenemos el privilegio de contar con un Dios que sobre todo es Padre y que siempre nos mira desde el cariño y la misericordia.

La imagen es de amalanos en Flickr

2 comentarios

  1. San José siempre me ha parecido un personaje, un santo, menos valorado de lo que le corresponde. Su influencia en la vida de Jesús tuvo que ser enorme, y sin embargo su valoración por parte de los cristianos y las devociones que despierta son relativamente escasas, como si fuera un modelo de saber «pasar desapercibido», como manifestación de una humildad extrema.

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