Quienes tenemos claro que queremos seguir a Jesús y hacer vida su Evangelio sabemos que estamos llamados a vivir desde el amor, cuidando de quienes van pasando a nuestro lado en el camino de la vida. Y tratamos de de vivir la vida ordinaria con un corazón extraordinario.
Pero ésto, tan alcance de todos y que resulta tan fácil de entender, en realidad luego no es tan sencillo llevarlo a la práctica. Porque el mundo del amor no es un mundo de blancos y negros sino un mundo de grises, lleno de matices, en el que en numerosas ocasiones cuesta discernir qué paso es el que resulta más conveniente dar.
Y es que el amor tiene distintas caras. Y cuidar de quienes nos rodean no tiene un patrón que pueda servirnos siempre. Y eso nos lleva muchas veces a andar haciendo equilibrios.
La cara más intuitiva del amor, la que resulta más fácil de entender para todos, es la que se traduce en atender al otro, comprenderlo, adelantarnos a sus necesidades, defenderlo, perdonarlo, pedirle perdón o escucharlo.
Pero amar a quien tenemos al lado en otras ocasiones se tiene que traducir en actos que pueden no gustarle. Actos como llamarle la atención, enfrentarlo a una determinada realidad, o regañarlo abiertamente cuando cuando no se comporta como debería. Y ésta, creo yo, es la cara del amor que más nos cuesta interiorizar y que más nos cuesta vivir. A menos a quienes -como es mi caso- se nos hace difícil provocar enfrentamientos con el otro.
Pero muchas veces es necesario hacerlo si de verdad queremos su bien. Por mucho que nosotros podamos pasar un mal rato. Por mucho que podamos ser mal vistos a los ojos de los demás. Por mucho que podamos salir mal parados.
No podemos quedarnos en un amor mediocre, que intente quedar bien con todos. Porque eso es un amor mal entendido. Es, más bien, comodidad. Y hay mucho de eso en la sociedad en la que vivimos. El amor verdadero es desinteresado, lo da todo, se siente corresponsable del otro, es constante, es agotador, es audaz y es, sobre todo, valiente.
Así fue Jesús, que nunca dudó en enfrentarse a pecho descubierto a los poderosos fariseos cuando fue necesario, a sabiendas de que aquello podía acabar incluso con su vida. Tampoco dudó en exponerse echando a los vendedores y cambistas del templo, que estaban robando a los suyos el espacio físico en el que poder estar con Dios.
Llegaron a Jerusalén y, entrando en el templo, se puso a echar a los que vendían y compraban en el templo, volcando las mesas de los cambistas y los puestos de los que vendían palomas. Y no consentía a nadie transportar objetos por el templo. Y los instruía diciendo: «¿No está escrito: “Mi casa será casa de oración para todos los pueblos”? Vosotros en cambio la habéis convertido en cueva de bandidos»
Marcos 11, 15 – 17
Hoy, felizmente, podemos rezar una iglesia y podemos rezar también en cualquier otro sitio, puesto que sabemos que Dios, si así lo queremos, va con nosotros, estemos donde estemos.
«El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él»
Juan 14, 23
Mantengamos limpio el corazón -limpio de envidias, de egoísmos, de rencores, de apatías o de sorberbias- y dejemos que Dios se sienta a gusto con nosotros, guiando nuestros pasos en este precioso viaje que es la vida.
Si dejamos, de verdad, que nos guíe, seguiremos haciendo equilibrios en esto del amor, pero lo iremos haciendo cada vez mejor.
La imagen es de ∗FranJa en flickr
Muchas gracias Marta, me das mucha luz y ánimo aunque resulte difícil a veces el trato con el prójimo más cercano. Que Él guíe nuestros pasos.