Casi al comienzo de su vida pública, después de que Juan Bautista fuera entregado, Jesús escogió a quienes iban a ser sus discípulos más cercanos; su núcleo duro; sus más fieles seguidores y también sus amigos. Serían pescadores de hombres.
Es especialmente significativo el pasaje del Evangelio en el que Jesús llama a Simón, Andrés, Santiago y Juan:
Cuando Jesús llama a Simón y a Andrés, éstos dejan atrás sus redes. Esas redes sin duda representan a su trabajo, pues ambos eran pescadores. Simón y Andrés dejan atrás, junto con sus redes, su sustento, su forma de ganarse la vida.
Cuando Jesús llama a Santiago y a Juan éstos dejan atrás a Zebedeo, su padre. Un padre que representa al hogar y a los afectos más íntimos, más desinteresados y más queridos; ese hogar y esas personas que dan sentido a nuestra vida porque son quienes siempre están ahí; los incondicionales; el pilar que nos da seguridad; el sitio al que siempre queremos volver. Porque la familia es nuestra escuela y es también nuestro refugio.
Y bien sabemos que cuando en nuestra vida falta el trabajo, el hogar o los afectos, todo se tambalea.
Jesús les invita a dejarlo todo porque él lo es todo y les proporcionará el alimento del cuerpo y también el alimento del alma. Quienes estaban a punto de convertirse en cuatro de sus apóstoles, confían en él y lo siguen al instante. Son cuatro valientes, que deciden dejar atrás la seguridad que da lo conocido para adentrarse en una nueva vida sin certezas, en la que todo podía ocurrir.
Jesús también nos llama hoy a nosotros. A algunos los llama de manera muy especial a dejarlo todo para iniciar una vida como religiosos. A la mayoría de nosotros nos invita a seguirlo desde la vida ordinaria. Sin tener que dejar necesariamente atrás nuestra forma de ganarnos la vida o nuestros afectos, pero sí teniendo como hilo conductor de nuestra vida el Evangelio y su lógica. Esa lógica que nos hace ir dejando atrás, poco a poco, las miserias que nos ensucian el corazón y tantas ataduras innecesarias que nos lastran y nos impiden levantar el vuelo. Esa lógica tan distinta de la lógica del mundo, que lleva a mirar y a actuar siempre desde el amor.
Debemos confiar y ser valientes, como aquellos cuatro apóstoles que se fueron tras el Maestro sin pensárselo dos veces. En la medida en la que vayamos avanzando en ese camino que nos proponen desde el Cielo iremos desubriendo una realidad y un sentir que no nos habríamos atrevido ni siquiera a soñar.
Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva». Bordeando el mar de Galilea, vio a Simón y Andrés, el hermano de Simón, largando las redes en el mar, pues eran pescadores. Jesús les dijo: «Venid conmigo, y os haré llegar a ser pescadores de hombres». Al instante, dejando las redes, le siguieron. Caminando un poco más adelante, vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan; estaban también en la barca arreglando las redes; y al instante los llamó. Y ellos, dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, se fueron tras Él.
Evangelio Marcos 1, 14 – 20
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