Siempre me ha impresionado el pasaje del Evangelio en el que se describe cómo Jesús, sabiendo que estaba ya muy cerca el fin de sus días aquí en la tierra, lloró sobre la ciudad de Jerusalén: un lugar que representaba como ningún otro a ese pueblo judío al que desde el Cielo habían preparado desde siempre para la venida del Mesías, que no había sabido reconocerlo.

Jesús se conmovió hasta las lágrimas pensando en su pueblo, tan querido para él, porque no había respondido a su doctrina como el Padre y él hubieran querido. Y ahí seguía, aferrado a su tradición y a su Ley sin ser capaz de reconocer que Dios estaba cumpliendo sus promesas.

Lloraba porque él había actuado en todo según la voluntad del Padre y estaba dispuesto a hacerlo hasta el final, en que daría hasta su propia vida. Pero los suyos se estaban perdiendo la oportunidad de renacer a una nueva vida con mucho más sentido, anclada tan solo en el amor.

Creo que no somos conscientes de lo mucho que nos quieren desde el Cielo.

Posiblemente Jesús también llora por tantos como se le pierden hoy en esta querida sociedad nuestra, tan avanzada en algunas cosas y tan atrasada en lo más esencial. Y llorará posiblemente también por quienes, no estando perdidos, vivimos acomodados en una vida a medio gas, en lugar de vivir una vida de verdad de entrega, en la que aspiremos a llegar a convertirnos en esos santos de la puerta al lado que nos propone el papa Francisco.

Tras la muerte y resurrección de Jesús, sus apóstoles tomaron su relevo, y dedicaron el resto de sus vidas a llevar el cristianismo por el mundo, en un momento histórico en el que no había ni aviones, ni trenes, ni radio, ni televisión, ni internet. Y lo consiguieron.

De la misma manera que los apóstoles entonces, nosotros hoy estamos también llamados a salir de nuestras mediocridades, de nuestras seguridades y de nuestra zona de confort para vivir, de verdad, desde el amor. A pesar de las muchas limitaciones y los muchísimos defectos con lo que contamos. Estamos llamados a ser testigos del Evangelio en los entornos en los que cada uno nos movamos: nuestras familias, nuestros amigos o nuestros trabajos. Un testimonio que a veces daremos con la palabra y que siempre debemos dar con la forma en la que nos conducimos por la vida.

Dios cuenta con nosotros. Y nos pide, a pesar de nuestra pequeñez, que seamos sus manos aquí en la tierra. Es un honor. Y es una gran responsabilidad. Si no lo hemos hecho ya, debemos remangarnos y ponernos manos a la obra. Que la mies es mucha, y los obreros pocos.

Para terminar este post os dejo una preciosísima canción de Hakuna, llamada Dime Padre

Al acercarse y ver la ciudad, lloró sobre ella, mientras decía: «¡Si reconocieras tú también en este día lo que conduce a la paz! Pero ahora está escondido a tus ojos. Pues vendrán días sobre ti en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán, apretarán el cerco de todos lados, te arrasarán con tus hijos dentro, y no dejarán piedra sobre piedra. Porque no reconociste el tiempo de tu visita».

Lucas 19, 41 – 44

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