Nos vamos adentrando en el mes de diciembre y estamos muy cerquita de la Navidad.

Quienes esperamos pasar esos días junto a las personas que más queremos, ya estamos adelantando que viviremos un tiempo bonito. De la misma manera que ya adelantamos que viviremos unos días difíciles de gestionar, quienes sabemos que sentiremos con fuerza las ausencias de personas queridas que están ya en la Casa del Padre.

Pero lo cierto es que la Navidad puede y debe ser un tiempo preciosísimo para todos, sean cuales sean las circunstancias que rodeen nuestra vida, porque lo único que es de verdad importante es que celebramos el cumpleaños de Jesús.

Y conviene no perder el foco, por mucho que los regalos, las luces, los días de fiesta o las comidas lujosas nos arrastren a vivir estos días a ras de suelo.

El nacimiento de Jesús fue algo tan sumamente extraordinario, tan sumamente relevante, que es difícil valorar en su justa medida.

Que todo un Dios Padre renunciara a su único Hijo. Que Jesús se prestara a nacer tan hombre, tan expuesto al dolor, tan frágil y tan vulnerable como nosotros. Que María y José renunciaran a sus planes de futuro accediendo a que ese Niño naciera en la familia que iban a constituir y diera la vuelta a sus vidas.

Y toda esa renuncia por nosotros. Por amor. Para enseñarnos el camino a seguir. Para indicarnos una nueva forma de vida llamada a cambiar el curso de la humanidad.

Es algo tan grande, tan grande, tan grande, que, aunque quisiéramos, nunca podríamos pagarlo. Lo único que podemos hacer frente a tanta generosidad -y tan inmerecida- es sentirnos profundamente agradecidos. Y vivir una vida desde el amor que haga visible ese agradecimiento. Sabemos bien cómo hacerlo: «La mejor forma de dar un beso a Dios es la mejilla del prójimo» (P. Ayúcar SJ),

Nosotros también estamos llamados a nacer de nuevo esta Navidad.

Estamos llamados a vivir desde desde el servicio, remangados y trabajando mucho para tratar de dejar un mundo mejor que el que nos encontramos al nacer. Poniendo a su disposición nuestro tiempo, nuestros talentos y nuestro esfuerzo. Pero con la confianza puesta en Dios.

Estamos llamados a empezar a vivir, si no lo hemos hecho ya, como niños que todo lo esperan de ese Dios que tanto nos quiere y todo lo puede. Ese Dios que es, sobre todo, Padre

«En verdad, en verdad de te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios«. Nicodemo le pregunta: «¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo? ¿Acaso puede por segunda vez entrar en el vientre de su madre y nacer?» Jesús le contestó: «En verdad, en verdad te digo: El que no nazca del agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu».

Juan 3, 3 – 6

Como tiempo atrás hiciera Jesús con los discípulos de Emaús, está Navidad desde el Cielo saldrán de nuevo a nuestro encuentro. No nos dejemos enredar por los espejismos del mundo. No nos dejemos liar por tantos quehaceres que, sin ser malos, lo cierto es que nos desvían de lo que debería ser lo esencial en nuestra vida. No dejemos pasar la oportunidad de poner nuestra vida en orden y dar a Dios, de una vez por todas, nuestro sí incondicional.

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