Nos cuesta mucho aceptar lo imperfecto. Nos pasa en casi todo: en el trabajo, en casa, en nuestras relaciones… y también en nuestra vida de Fe.
Nos gustaría hacer las cosas mejor. Llegar a todo. Ser más pacientes, más constantes, más generosos. Rezar con más ganas, tener más luz, no fallar tanto. Y cuando eso no pasa -que es muchas veces- aparece una cierta sensación de frustración. Como si estuviéramos siempre un poco por debajo de lo que deberíamos ser.
Y, casi sin que nos demos cuenta, nos vamos comparando con una versión ideal de nosotros mismos. Esa que sí llega, que sí puede, que sí responde bien. Y claro, la vida real no suele estar a la altura de esa versión ideal.
La vida real tiene cansancio. Tiene despistes. Tiene días en los que uno no está fino, ni por dentro ni por fuera. Tiene errores, decisiones poco acertadas, momentos en los que la fe se vive con más inercia que con convicción.
Y ahí es donde se nos cuela la idea de que así no. De que primero habría que arreglarse un poco. Mejorar. Ordenar. Tenerlo más controlado. Y entonces ya… acercarse a Dios de verdad y empezar a aspirar a esa santidad a la que estamos llamados.
Pero es muy posible que Dios no nos esté esperando al final de ese proceso ideal, cuando por fin lo tengamos todo en su sitio. Quizá nos está esperando justo aquí y ahora. En este punto concreto. En este momento tal y como es. Con el cansancio que llevamos encima. Con los errores recientes. Con la fe a medio gas.
¿Por qué nos cuesta tanto creer que por ahí Arriba no nos quieren como consecuencia de los méritos que vamos cosechando? ¿En qué momento empezaremos a vivir con la seguridad de que Dios es, sobre todo, Padre?
Hoy podemos ofrecer al Cielo lo que somos. No una versión mejorada, sino la real. La del cansancio, los errores y la Fe a medio gas.
A muchos de nosotros, cuando oimos que se nos invita a la santidad, nos parece que es algo inalcanzable, reservado para personas muy especiales que llevan unas vidas fuera de lo corriente.
Pero si todos estamos llamados a ser esos santos de la puerta de al lado que nos decía el papa Francisco, es porque sí que es posible. Quizá la santidad tenga más que ver con vivir desde la verdad que con hacerlo todo bien. Quizás se juega también en lo pequeño, en levantarse después de fallar, en pedir perdón, en seguir rezando incluso cuando estamos fríos, en perseverar incluso en los días en los que no estamos demasiado finos.
Posiblemente baste con dejar que, de verdad, Dios entre en nuestra vida. Tal y como somos hoy.
La imagen es de HomeMaker en pixabay
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