Hay veces que tenemos la puerta de nuestro corazón cerrada para el Cielo. En algunas ocasiones porque nos dejamos envolver por los espejismos del mundo. En otras ocasiones porque nos paraliza el miedo. A veces estamos enfadados con Dios porque no entendemos sus silencios, sus tiempos o sus aparentes faltas de respuesta. Otras veces lo que nos supera es un cansancio tan grande que nos hace sentir que ya no podemos más.

Cuando cerramos nuestra puerta no solemos hacerlo de golpe. La cerramos, más bien, poco a poco. Dejamos de rezar como antes, dejamos de buscar, dejamos de contar con Él. Y nos vamos quedando ahí, rezagados, en la distancia.

Como si algo se hubiera enfriado.

Y nos olvidamos de que en el Cielo no necesitan que todo esté en orden. No necesitan que nuestra vida esté en perfecto estado de revista, ni que tengamos las cosas claras, ni que hayamos resuelto lo que nos pasa por dentro. Conocen bien nuestras limitaciones, conocen bien el mundo en el que nos ha tocado vivir, conocen bien lo que llevamos en el corazón y conocen bien también las circunstancias que rodean nuestra vida.

En ocasiones les abrimos una pequeña rendija. Un pensamiento fugaz. Un Echadme una mano que con esto no puedo solo.

Y se cuelan de nuevo en nuestra vida, nos desean la paz y se disponen a darnos un empujoncito para que volvamos al camino del amor. Sin echarnos nada en cara. Sin un reproche. Como hizo Jesús tiempo atrás con aquellos apóstoles que habían huido en su mayoría cuando las cosas se habían puesto feas, dejándolo abandonado a su suerte camino al Calvario.

Desde el Cielo nunca entran reprochando. No entran haciendo balance de errores. Entran dándonos un abrazo, haciéndonos sentir queridos y regalándonos esa paz que tantas veces nos falta. ¿Cuándo empezaremos a vivir con la certeza de que Dios es, sobre todo, Padre?

Quizás hoy no estemos para mucho. Quizás no tengamos fuerzas, ni claridad, ni ganas. Quizás nuestra puerta esté medio cerrada… o cerrada del todo.

Pero Dios se apañará para entrar.

Sin ruido. Sin reproches. Sin exigencias.

Y se quedará.

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». Evangelio Juan 20, 19 – 23

1 comentario

  1. Gracias Marta, buenas noches.
    Acabas de dar respuesta al laberinto que tengo en mi corazón en este momento.
    ¡Él entra, aún con las puertas cerradas!
    Que Dios te bendiga!

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