Muchos de nosotros tenemos tendencia a compararnos con los demás. Comparamos cómo estamos, lo que tenemos o lo que hemos conseguido. A veces sin darnos cuenta. Otras veces de forma bastante consciente. Y casi siempre salimos perdiendo.

Porque siempre hay alguien que parece estar mejor. Más organizado, más feliz, con una vida más resuelta, con una Fe más firme, con relaciones más fáciles. Siempre hay alguien que llega a todo, que sonríe más, que parece tenerlo todo en su sitio.

Pero la comparación suele tener algo de trampa. Porque no comparamos realidades completas, sino versiones editadas. Porque lo que vemos de los demás casi nunca incluye sus dudas, sus luchas, sus días torcidos. Vemos lo de fuera. Y lo comparamos con lo de dentro nuestro.

Y así no hay quien pueda salir bien parado.

Además, poco a poco, casi sin que nos demos cuenta, se nos va colando una especie de insatisfacción constante. Como si lo que tenemos no fuera suficiente. Como si siempre faltara algo para estar a la altura.

Y esto nos pasa incluso con la Fe.

A veces vemos cómo rezan otros, cómo viven su compromiso, cómo hablan de Dios… y sentimos que vamos mucho más atrás.

Pero la lógica del Cielo, las comparaciones entre nosotros no tienen demasiado sentido. Porque lo cierto es que todos los talentos con los que contamos nos fueron regalados al nacer. No tienen ningún mérito. Y nos fueron regalados para que podamos cumplir el plan que desde el Cielo tienen para cada uno de nosotros.

Ese plan es distinto para cada uno de nosotros y la equipación que necesitamos también lo es.

Andarnos comparando no es sensato. Porque cada uno debemos encontrar y recorrer nuestro camino y ayudar a quienes nos rodean a encontrar y a recorrer el suyo.

Lo único que tiene cabida es sentirnos profundamente agradecidos por tanto como se nos ha regalado. Y sentirnos profundamente agradecidos también por los días que tendremos aquí en la tierra para ser las manos y los pies de Dios.

Además, cuando vivimos desde un estado de agradecimiento, la mirada cambia.

No desaparece la realidad, pero se recoloca. Dejamos de fijarnos solo en lo que falta para ver lo que sí que está. Lo que sí tenemos. Lo que sí que hemos recibido.

Agradecer no es conformarse. Es reconocer que, incluso en medio de lo que no es perfecto, hay mucho que ya es un regalo.

Y nos facilita vivir sin estar pendiente de si lo hacemos mejor o peor que otros. Nos permite rezar como sabemos, como podemos, como nos sale hoy. Sin compararnos. Sin exigirnos una versión ideal que no es la nuestra.

1 comentario

  1. Es verdad debemos enfocarnos en nosotros mismos e identificar y desarrollar el potencial de los talentos que Dios nos ha dado a cada uno de nosotros como una creación única y vivir alegres y agradecidos por su gracia.

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