
Son muchas las ocasiones en las que la vida nos ofrece oportunidades que ni buscábamos ni esperábamos y muchas también las ocasiones en las que detrás de esas oportunidades, si afinamos los sentidos, podemos intuir la mano de Dios. Ese Padre que sabe mejor que nosotros mismos qué es lo que más nos conviene en cada momento y lo que resulta más conveniente también para las personas que nos rodean, es el Dios de las sorpresas.
En el Evangelio encontramos numerosas sorpresas del Cielo, tan solo entre los pasajes que estamos reviviendo estos días:
¿No se llevaría una increíble sorpresa María al saberse escogida para ser, nada más y nada menos, que la madre de Dios? Es imposible que ella hubiera podido ni siquiera imaginar que algo así podría llegar a ocurrir en su vida. Pero ocurrió. Y a pesar de que aquello no solo no entraba en sus planes sino que le desbarataba el futuro que a buen seguro había soñado con José dio su sí quiero al ángel sin pensarlo dos veces.
¿No se llevaría, igualmente, una increíble sorpresa Isabel, al saberse en estado a pesar de lo avanzado de su edad y de su supuesta esterilidad? Sería madre de un niño del que años después diría Jesús «Os aseguro que entre los nacidos de mujer no hay nadie mayor que Juan» (Evangelio Lucas 7, 28).
¿No se llevaría una sorpresa José cuando el ángel le dijo que esa María a la que había decidido repudiar en secreto, esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo? José también supo cambiar del planes; y aceptó a María como esposa a pesar de su estado y cuidó del Niño como si hubiera sido engendrado por él.
¿No se llevaría José un tremendo disgusto al saber que Herodes iba a matar a todos los niños y una sorpresa al saber que podía salvar a Jesús si, en lugar de volver a casa, se marchaban a Egipto? Aceptó nuevamente José los planes del Cielo, pese a lo inesperados que pudieran resultar. Y emigraron los tres hacia aquella tierra tan lejana sin más equipaje que los regalos que acababan de recibir de los Magos y su Fe.
Ese mismo Dios que tan directamente intervino en las vidas de María, Isabel y José sigue estando ahí hoy, ocupándose también de nosotros e interviniendo en nuestras vidas cuando resulta lo más conveniente tanto para nosotros como para las personas que nos rodean. Pero hemos de tener abiertos los ojos y el corazón para sentir su mano. En nuestro tejado quedará casi siempre el aceptar sus sorpresas o no hacerlo.
¿Acaso no hemos experimentado todos cómo en ocasiones andamos pidiendo algo a Dios de manera insistente, con perseverancia, y Él resuelve la situación con una solución diferente, inimaginable para nosotros, como si sacase un conejo de una chistera?
Ocurre tanto con situaciones que para nosotros son importantes como también con situaciones pequeñas, aparentemente poco relevantes, más propias de la vida cotidiana. Porque Dios es Padre para lo grande y para lo chico y le importan nuestras cosas. Todas nuestras cosas.
Es importante, creo yo, que los cristianos y quienes aspiramos a serlo tengamos claro qué clase de persona es la que queremos llegar a ser. Para que seamos nosotros quienes llevemos el timón de nuestra vida y que no sea la vida la que nos vaya llevando en un sentido o en su contrario, a tenor de las costumbres o las modas de turno.
Pero no es menos cierto, que sin perder de vista esa aspiración final, es bueno no planificar en exceso. Y ser flexibles. Y mantenernos siempre abiertos a dejarnos sorprender y a aprovechar las oportunidades que se nos presentan, disfrutando mucho -a pesar de las dificultades- de esta aventura tan apasionante que es la vida.
La imagen es de Ylanite Koppens en pexels.com
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