Evangelio apc Pies y flor

Nuestra vida aquí en la tierra no está exenta de dificultades sino más bien todo lo contrario. Y antes o después todos atravesamos por momentos en que las cosas se nos ponen difíciles: enfermedades, desamores, traiciones, decepciones, estrecheces económicas, envejecimiento, agobios o inseguridades forman parte de la vida de cualquiera de nosotros. Incluso de la de aquellos más afortunados. 

Tampoco estuvo exenta de dificultades la vida María y José: la concepción singular de María, el viaje a Belén y la llegada del parto sin tener un sitio en el que descansar no parece ser el mejor de los comienzos para una vida como familia. Y nacido Jesús las cosas no pasaron a mejor, puesto que en lugar de volver a casa tuvieron que huir rumbo a Egipto para que Herodes no matara al Niño:

Cuando ellos (los magos) se retiraron, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo». José se levantó, tomó al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta: «De Egipto llamé a mi hijo». Al verse burlado por los magos, Herodes montó en cólera y mandó matar a todos los niños de dos años para abajo, en Belén y sus alrededores, calculando el tiempo por lo que había averiguado de los magos. Entonces se cumplió lo dicho por medio del profeta Jeremías: «Un grito se oye en Ramá, llanto y lamentos grandes; es Raquel que llora por sus hijos y rehúsa el consuelo, porque ya no viven». (Evangelio Mateo 2, 13 – 18).

Con una burra como único transporte, José, Maria y Jesús pusieron rumbo a una tierra extraña, con unas costumbres diferentes y una lengua desconocida. En unos tiempos en los que, recordemos, no había ni radios, ni televisiones, ni móviles, ni skype, ni facetime ni nada que permitiera permanecer en contacto y tener noticias de las personas que uno dejaba atrás.

La emigración es un tema que, desgraciadamente, siempre estará de actualidad ya que las personas desde siempre huyen de sus países cuando ven que en ellos no hay futuro ni para ellas ni para sus hijos: cuando los dirigen gobernantes corruptos o gobernantes inconscientes, cuando la pobreza es extrema o cuando la seguridad brilla por su ausencia. Son casos en los que casi no hay más remedio que coger las pertenencias que uno pueda y salir de casa tratando de no mirar demasiado para atrás para que no se nos parta el corazón.

Y, sí. Las dificultades siempre van a formar parte de nuestra vida. Son parte de su salsa, con ellas tenemos que aprender a convivir, y entre ellas tenemos que aprender a florecer e incluso a ser felices. Habitualmente es entre dificultades cuando más crecemos y cuando nos encontramos a nosotros mismos desplegando fuerzas y capacidades con las que ni siquiera sabíamos que contábamos. Despliegue que se hace especialmente patente cuando en esos momento de dificultad ponemos en valor la Fe y dejamos de confiar exclusivamente en nuestro esfuerzo para pasar a confiar en que allí donde nosotros no lleguemos, llegará Dios. También ayuda enormemente a enfrentar los problemas desde la serenidad el saber que todo tiene un porqué y un para qué, aunque no alcancemos a vislumbrarlo en el momento.

Jesús a los suyos, y a quienes aspiramos a serlo, no nos saca del mundo sino que nos quiere en él. Con todas las cosas maravillosas con las que cuenta y también con todas sus miserias. Su propuesta es que en este mundo nuestro vivamos el reino siendo ciudadanos del Cielo en la tierra: personas que viven su vida desde un profundo amor a Dios y un profundo amor a los demás, personas que viven la vida ordinaria con un corazón extraordinario, siempre. En las épocas fáciles, en las que las cosas nos van razonablemente bien. Y también en los momentos de dificultad.

La imagen es de Pexels en pixabay

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