Todos vamos por la vida con una mochila llena de vivencias, nombres, amores, aprendizajes, talentos, sueños, esperanzas, desafíos o ilusiones con los que nos encanta ir porque son parte importante de nosotros y, en cierto, modo nos dotan de identidad.
En esa mochila llevamos también cargas que nos lastran y que hacen que, en ocasiones, resulte demasiado pesada. Pero está en nuestra mano ir sacando, poco a poco, todas esas cargas que nos impiden levantar el vuelo.
Llevamos en nuestra mochila el peso de todas esas frustraciones, fracasos, errores, decepciones y heridas que no hemos conseguido superar todavía. En ocasiones nos ensucian el corazón con rabia o con rencor y en otras ocasiones nos impiden tener la mirada limpia y confiar, de verdad, en otros. Pero lo único sensato es aprender a convivir con todas esas vivencias que nos hubiera gustado no tener desde la serenidad e incluso agradecidos por los aprendizajes obtenidos; porque las vivencias no deseadas también contribuyen a conformar la persona en la que nos vamos convirtiendo con el paso de los años. Y en nuestra mano está elegir la actitud con la que levantarnos cada mañana.
En ocasiones nos pesa la rutina y la cantidad de obligaciones con las que nos hemos cargado y que no sabemos cómo hacer para sacar de nuestra vida. ¡Si casi es heroico llegar por fin a la cama después de la gincana de tareas del día! Los trabajos de sol a sol que tantos de nosotros tenemos, que nos impiden atender en ocasiones lo que de verdad importa, se vuelven también a veces una carga realmente pesada. Pero no queda más remedio que aprender a convivir con esa rutina y esas obligaciones desde la alegría. Está en nuestra mano florecer a pesar de las dificultades. Porque cada día es una oportunidad que nos es regalada desde el Cielo y está en nuestra mano aprovecharla como el tesoro que es o desperdiciarla.
También nos pesa a muchos el apego tan desmesurado que tenemos a las cosas materiales. Es un apego sin sentido, que además suele dejarnos insatisfechos porque siempre lleva a querer más. Lo único sensato, creo yo, es tratar de ir viviendo, en la medida de lo posible, con más austeridad. Porque las cosas esclavizan mucho más de lo que parece.
A otros nos pesa la presión social. Esa que nos lleva a querer aparentar que llevamos una vida de película o a querer quedar bien con todos. Afortunadamente, esta carga parece que va desapareciendo como por arte de magia cuando van pasando los años y las prioridades se van reajustando sin que nos lo propongamos siquiera. Qué alegría da constatar lo poco que va importando lo que otros puedan pensar de lo que somos, de lo que hacemos o de lo que parecemos. Nosotros debemos hacer lo que nos parezca que es lo correcto y el resto del mundo ¡que piense lo que quiera!
Lo que más pesa en nuestra mochila son, sin duda, las miserias que nos ensucian el corazón y que tanto condicionan nuestra mirada, nuestra actitud y las decisiones que vamos tomando. Conviene no echar balones fuera y ser muy conscientes de qué miserias -¿envidia, ego, soberbia, egoísmo?- son las que tenemos que superar.
Desde el Cielo nos invitan a ir viviendo, cada día más, desde el amor. Una invitación fácil de entender y que puede sonar naif. Pero que no lo es en absoluto. Es algo que nos ayuda a pasar por este mundo con una mochila cada vez más ligera. Es algo que nos lleva a a vivir una vida con sentido. Y es también la clave para ser felices y hacer felices a las personas que van pasando a nuestro lado en el camino de la vida. No hay más. Ni tampoco menos.
Llamó Jesús de nuevo a la gente y les dijo: «Escuchad y entended todos: nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre». [«El que tenga oídos para oír que oiga»] Cuando dejó a la gente y entró en casa, le pidieron sus discípulos que les explicara la parábola. Él les dijo: «¿También vosotros seguís sin entender? ¿No comprendéis? Nada que entre de fuera puede hacer impuro al hombre, porque no entra en el corazón sino en el vientre y se echa en la letrina». (Con esto declaraba puros todos los alimentos). Y siguió: «Lo que sale de dentro del hombre, eso sí hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro»
Evangelio Marcos 7, 14, 23
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Muchísimas gracias Marta, pero cuánta luz te da Dios al corazón!!!
Gracias Marta.
Muchas gracias. Saludos. Francisco J.