Evangelio apc Café con corazón

«Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria». (Evangelio Lucas 10, 41 – 42).

Estas palabras las pronunció Jesús dirigiéndose a Marta, una de las dos hermanas de Lázaro. Ella andaba ocupada, como anfitriona que era, con quehaceres domésticos para poder atenderle y él la invitó a que los dejase y se sentase a su lado a escuchar, junto a su hermana María, la Palabra que había ido a llevarles. Buena cosa era la merienda que posiblemente ella andaba preparando para su invitado… pero más importante sin duda era que comprendiese aquello que Jesús había ido a enseñarle. 

Siempre que escucho o leo estas palabras, siento como si Jesús me las dijera a mí personalmente. Porque, además de compartir nombre con aquella Marta de Betania, suelo cargarme yo solita, como ella, de responsabilidades y tareas que, sin ser malas, lo cierto es que acaban llenándome el día – y las semanas y los meses – y robándome un tiempo precioso que podría estar dedicando a lo que de verdad importa.

La vida pasa una única vez. Y somos nosotros quienes decidimos – aunque, desde luego,  con limitaciones – cómo queremos vivirla. Somos nosotros quienes decidimos en qué queremos invertirla. Y eso que hayamos hecho es lo que encontraremos al final de nuestros días cuando miremos hacia atrás, cuando ya nada podamos hacer por cambiarlo.

Jesús nos invitó a que dedicásemos nuestra vida a amar. Amar a Dios y amar a quienes nos rodean; a esos que tenemos cerquita y también a aquellos que están más de paso en nuestra vida o que incluso están lejos. El mundo siempre tratará de envolvernos y seducirnos con sus placeres y promesas pero está en nuestra mano el apartarlas a un lado y liberar nuestro corazón y nuestra vida para lo que de verdad importa:

Dedicar tiempo a nuestras familias. Son las personas a las que habitualmente más podemos dar y de las que más podemos recibir; por la intimidad que tenemos con ellas y por el amor tan desinteresado que nos une. Ese dar y recibir necesita de tiempo, necesita de dedicación y necesita de compromiso. No basta con compartir – o haber compartido – un mismo techo.

Disfrutar de nuestros amigos. Instagram, Facebook o Whatsapp están genial para estar más o menos al día de dónde están o qué hacen, pero no sustituyen ni de lejos a la relación personal y a esas conversaciones que se mantienen en privado que nunca se tendrían en abierto en una red social. ¿Por qué nos conformamos tantas veces con tener relaciones virtuales?, ¿por qué en nuestro día a día nos dejamos liar tantísimo con quehaceres que nos impiden encontrar espacios y tiempos en que compartir con los amigos?

Mirar hacia los demás con sensibilidad y con disposición a hacer siempre lo que esté en nuestra mano por ellos. Hacia esos «demás» que van pasando a nuestro lado en el camino de la vida y también hacia esos «demás» a los que posiblemente nunca tengamos ocasión de conocer personalmente: que no podemos leer las noticias y quedarnos indiferentes ante lo que está pasando en ese mar Mediterráneo, en cuya costa algunos tenemos el privilegio de estar bañándonos este verano; porque mientras unos disfrutamos de sus preciosas playas, otros tratan de cruzarlo arriesgando sus vidas en busca de un futuro mejor. ¿Cómo no pensar en ellos?, ¿cómo no sentir que se nos remueven las entrañas ante lo injusto de la situación?, ¿cómo no rezar por ellos?

Pasar tiempo con Dios. Ese Dios que, sobre todo, es Padre. La relación con Dios es preciso cultivarla, igual que cualquier otra relación personal aquí en la tierra. Él siempre estará ahí en cualquier caso, esperándonos con los brazos abiertos, lo busquemos nosotros o no lo hagamos. Pero tenemos la suerte de poder tratarlo, de poder compartirle nuestras inquietudes, nuestras preocupaciones, nuestras alegrías y nuestras penas, de pasar tiempo con Él sin más, de poder ir conociéndole cada vez un poco mejor y de poder encomendarle tanto nuestras necesidades como las necesidades de los que nos rodean. ¡Aprovechémosla!

Poner en valor todas esas cosas buenas que rodean nuestra vida. Para apreciarlas como el tesoro que son y disfrutar intensamente de ellas mientras las tengamos con nosotros. Saboreando también esas pequeñas grandes cosas del día a día. ¿Por qué permitimos que tantísimas veces nos pasen desapercibidas?

Dedicar tiempo a meditar, a hacer balance, a aprender de nuestros errores, a pensar qué queremos hacer con nuestra vida. Para que no nos arrastren las corrientes y modas de turno. ¿Estamos de verdad poniendo nuestro corazón, nuestro tiempo y nuestros talentos al servicio de los demás?

No deberíamos, por el contrario, dedicar ni un segundo de nuestra vida a pensar en todo lo que no tenemos o a lamentarnos por aquellos logros que no hemos conseguido. Dedicar tiempo a sacar aprendizajes es necesario, claro que sí. Pero viviendo intensamente el presente sin desperdiciar el tiempo en lamentarnos o en lamernos las heridas. ¿No es mucho más sensato disfrutar de todo aquello que sí que tenemos y de aquello que sí que hemos conseguido? Disfrutar o no de la vida casi siempre es una cuestión de actitud, porque lo cierto es que ninguno tenemos una vida perfecta.

No deberíamos invertir tampoco ni un ápice de tiempo en enfadarnos por contratiempos que – aunque puedan ser más o menos fastidiosos – realmente no tienen mayor importancia. ¿De verdad vamos a seguir dejando que nos quiten el buen humor o nos estropeen el día pequeñas contrariedades? ¡Por Dios! Podemos mirar más alto, contextualizarlas y darles su justo valor: en la mayoría de los casos llegaremos a la conclusión de que no deberíamos permitirnos el enfado o el disgusto, porque se trata de algo que realmente no merece la pena.

Vivir desde un profundo agradecimiento a Dios. Sabedores de que somos unos privilegiados por tanto como nos ha regalado.

La imagen es de Engin_Akyurt en pixabay

2 comentarios

  1. Amar al prójimo: es el sueño dorado… Pero… Quien podrá?
    Pues solamente aquellas personas cuyas almas q estén llenas de Dios.
    Entonces la pregunta es: cómo nos podemos llenar de Dios? Pues como María de Betania, estando a los pies del Señor, escuchándole, amándole, conversando con Él, contemplándole… En una palabra: con ORACIÓN.
    Sin oración, sin una relación de amistad con Dios, el amor al prójimo es una quimera…

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