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Todos conocemos personas a las que, por una u otra razón, les gusta revivir continuamente el pasado y de las que casi podríamos decir que se alimentan de recuerdos. Recuerdos de seres queridos que ya no están o recuerdos de una época, quizá más feliz, que ya no volverá. 

Tener conciencia del pasado que nos ha traído hasta lo que somos hoy, sentirnos agradecidos por aquello que la vida nos regaló y sacar aprendizajes de las experiencias vividas es algo bueno. Buenísimo. Pero en mi opinión comete un gran error quien deja el corazón en el pasado y no vive el presente. 

Porque si Dios nos tiene en este mundo es por algo; si Dios nos tiene aquí es porque aún espera algo de nosotros.

Peor aún, desde luego, es el caso de quienes recuerdan constantemente las dificultades o los sinsabores del pasado y reviven continuamente el dolor o viven desde el rencor. Esa actitud es tremenda: porque lo pasaron mal en el pasado y prolongan, sin sentido, una agonía con la que también están hipotecando su presente y su futuro.

Mirar al futuro es necesario. Y en mi opinión es necesario hacerlo, fundamentalmente para tener claro qué es lo que queremos en la vida: qué es lo que queremos alcanzar, qué es lo que queremos llegar a ser.

Los cristianos deberíamos tener todos una meta común: el vivir una vida plena en el amor, traducida en un continuo vivir para los demás. Cada uno desde su singularidad, en sus circunstancias y con la personalidad y los talentos que tenga: porque es claro que no es lo mismo vivir en una gran ciudad, que en un pueblo, no es lo mismo tener 20 años que tener 40 o 60, no es lo mismo ser una persona extrovertida que una persona introvertida y no es lo mismo ser maestro que ser economista o que ser bombero. Pero lo mismo da. Todos nosotros, cada uno con nuestro propio estilo y con nuestras circunstancias personales, podemos contribuir a dejar nuestro mundo un poco mejor de lo que nos lo encontramos… que este mundo está muy estropeado, nuestras sociedades también lo están, hay mucho por hacer y el Padre necesita de nuestras manos aquí en la tierra:

Al ver a las muchedumbres, Jesús se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor». Entonces dice a sus discípulos: «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies». (Evangelio Mateo 9, 36 – 38).

Es importante, por tanto, que miremos al frente y que tengamos claras nuestras metas: hacia dónde queremos dirigir nuestras vidas, qué es lo que nos gustaría llegar a ser.

Y teniendo claro qué nos gustaría llegar a ser deberíamos vivir intensamente el presente, aprovechando cada día como la oportunidad única que es:

Cada día es una oportunidad para ocuparnos de aquellos que nos rodean, tanto si son personas cercanas como si son personas que están de paso en nuestra vida.

Cada día es una oportunidad para sacar todo aquello que no debe formar parte de ella porque nos dificulta avanzar hacia nuestra meta. Sea lo que sea: un trabajo excesivamente absorbente, una persona venenosa, un mal hábito… cada uno debemos valorar qué debemos sacar y hacerlo.

Cada día es una oportunidad para disfrutar de las cosas sencillas, que tantas veces no apreciamos, simplemente porque nos pasan desapercibidas.

Cada día es una oportunidad de hacer felices a los demás, de ser felices nosotros y de vivir desde un profundo agradecimiento.

La imagen es de pixelheart en pixabay

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