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En cierta ocasión oí a una amiga muy querida decir que «un cristiano triste es un triste cristiano«. Me sonreí, porque me sonó casi a broma, pero me di cuenta enseguida de que lo decía en serio. No entendí muy bien el porqué de su comentario pero no quise decirle nada. Y me llevé el «run run» en la cabeza para casa.

Y ya en casa me di cuenta que esas palabras tenían mucho más fondo del que parecía y mucho de verdad también.      

¿De dónde sale esa supuesta alegría del cristiano?

Cristiano es aquel que vive de cara a los demás desde su quehacer diario. Siendo así, andará siempre facilitando la vida de los demás en la medida en la que esté en su mano y cuando no esté quitando una pena por aquí estará solucionando un problema por allá. Quien vive de esa manera genera, necesariamente, alegría y felicidad a su alrededor  «vosotros sois la sal de la tierra»

Pero es que, además, cuando uno trata de vivir desde el amor, se encuentra con que su actitud hacia los demás repercute sobre sí mismo. Porque vive con ese regustillo, esa satisfacción, que deja el hacer las cosas bien y porque esa forma de vivir es la que da sentido a la vida. Quien vive para el otro, habitualmente se sentirá feliz «seréis dichosos si sabiendo estas cosas las practicáis»

Y es curioso también algo que he venido observando también desde hace ya tiempo: las personas que están muy volcadas hacia los demás, suelen estar tan ocupadas con esos «demás», que apenas si tienen tiempo para mirar sus propios problemas, aunque los tengan.  Y aunque, por supuesto, hacen lo que está en su mano para solucionarlos, no dedican ni un minuto de su tiempo ni a darles vueltas, ni a agrandarlos, ni a imaginarse ese «qué pasaría si …» al que tan aficionados somos muchos de nosotros. Personalmente creo que una buena práctica en la vida cotidiana es no dedicar demasiado tiempo (perdón por la expresión) a «mirarnos el ombligo».

Los cristianos también atravesamos etapas difíciles, cómo no, etapas de esas en las que casi cuesta sonreír. No estamos libres ni de las preocupaciones de la vida ni del dolor. Y lo pasamos mal cuando atravesamos enfermedades, cuando las atraviesan nuestros seres más queridos, cuando nos quedamos en paro, cuando vemos que nuestros hijos se equivocan con las decisiones que van tomando en la vida, cuando nos decepcionan, …. Y también cuando contemplamos tanto dolor como hay en el mundo – ¿quién no se conmueve ante el drama que están viviendo hoy tantas personas que se ven forzadas a salir de sus hogares jugándose la vida en el mar? – Pero vivimos el dolor desde la Fe. Y esas etapas difíciles, aunque no las pasamos con una sonrisa, sí las atravesamos con paz.

No hay duda de que los dones (o los talentos) en la tierra están repartidos de manera muy desigual. Unas personas son inteligentes, otras tienen sensibilidad, otras tienen una alta capacidad de escucha, otras son líderes naturales … y otras tienen el don de la simpatía y de manera natural quitan hierro a los problemas de la vida – propios y ajenos – y los hacen más llevaderos.

Ese don de la simpatía no lo tenemos todos los cristianos. Desde luego que no. Algunos somos serios, otros somos sosos, otros somos tímidos … tenemos «de tó». Pero, especialmente dotados para ello,  o no,  habitualmente debemos ser focos de alegría, tan solo por la manera de vivir las pequeñas grandes cosas de nuestro día a día.

La imagen es de sasint en pixabay

5 comentarios

  1. Gracias Marta, esta semana me quedo con «Pero vivimos el dolor desde la Fe. Y esas etapas difíciles, aunque no las pasamos con una sonrisa, sí las atravesamos con paz». Algunas personas malinterpretan esa alegría y paz del cristiano como una inconsciente e infantil actitud o estúpido positivismo ante el dolor y los problemas, cuando justamente son la esperanza, serenidad y plenitud que se necesita para afrontarlos. Un abrazo.

  2. Como siempre, atractivo, sencillo de entender y completamente cierto. A veces nos olvidamos de que Evangelio significa Buena Noticia y es imposible dar una buena noticia si no es con alegría; sin embargo en nuestra sociedad no suelen ser habitual las caras alegres a no ser que se esté de «juerga», y la gente se sorprende y reacciona muy positivamente a las sonrisas y la amabilidad, que es una manera fácil y sencilla de difundir el Evangelio.

  3. La alegría del cristiano, además de ser consecuencia de vivir volcado en hacer el bien, también es consecuencia de amar a Dios-mismo, de la Fe.
    Hace unos pocos días vi la foto de una joven monjita q acababa de fallecer a causa de una penosa enfermedad. Sorprendentemente, su rostro lucìa una espectacular y dulce sonrisa. Pues bien. Esta monjita, postrada en su cama de hospital, ninguna obra podía hacer. Su felicidad no estaba basada pues en sus obras. Estaba basada en su Fe amorosa a Dios.
    Esta es la verdadera fuente de alegría cristiana, de Gracia y de profunda felicidad: la Fe amorosa a Dios, q ineludiblemente, nos llevará a vivir volcados en amar a nuestro prójimo, culminándose así, plenamente, el Evangelio.

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