Evangelio apc Corazones colgando

Quienes hemos crecido educados en el cristianismo hemos oído de siempre que debemos amar al prójimo.  Y así lo tenemos interiorizado. Y así lo creemos. Pero posiblemente muchos de nosotros nunca nos hayamos parado a pensar dos veces quién es ese prójimo. ¿Son todas las personas?, ¿son las que habitualmente tenemos cerca?, ¿son las que pasan a nuestro lado en algún momento de nuestra vida?

La respuesta a esa pregunta nos la da el propio Jesús.

En cierta ocasión, un maestro de la ley le pregunta «¿Quién es mi prójimo?». Él le responde de la siguiente manera:        

«Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde estaba él y, al verlo, se compadeció, y acercándose , le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: «Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré cuando vuelva». «¿Cuál de estos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos?» Él dijo: «El que practicó la misericordia con él». Jesús le dijo: «Anda y haz tú lo mismo» (Evangelio Lucas 10, 30-37)

Jesús saca en su respuesta tres personajes: un sacerdote, un levita y un samaritano. Los sacerdotes y los levitas eran personas piadosas, que frecuentaban el templo y el culto a Dios. Se daba por hecho que amaban a Dios. Los samaritanos, por el contrario, eran personas despreciadas por los judíos, porque nunca ponían los pies en el templo (de hecho el término «samaritano» lo utilizaban incluso como insulto).

En la parábola, los dos personajes que eran oficialmente «de los de Dios» desatienden al hombre apaleado. Aunque lo ven, continúan su camino hacia adelante sin preocuparse por él. De alguna manera está con ellos Jesús retratando a aquellas personas que, tras una apariencia de religiosidad, en realidad ni les interesan los problemas que puedan tener los demás ni se ocupan de ellos.

Es el samaritano el que se compadece del apaleado, quien se desvive con él y a quien Jesús pone como ejemplo a seguir. De alguna manera también, Jesús retrata con el samaritano al otro extremo: aquellas personas que sin profesar oficialmente ninguna religión, se ocupan de los demás.

¿Qué es lo que nos enseña con esta parábola?

Pues que cuando no se ama al prójimo, el amor a Dios no es verdadero, porque lo que importa en el amor a Dios es el amor a sus hijos.

Y en esta parábola, sólo el samaritano demostró, sin saberlo, ser de Dios. Porque tuvo, como Él, entrañas de misericordia. Los otros dos personajes, por mucho que frecuentasen el templo, al menos en esta ocasión, demostraron no ser de los Suyos.

Y esta es la universalidad del cristianismo: que Jesús y el Padre consideran «de los Suyos» a aquellas personas que aman al prójimo. Profesen oficialmente nuestra religión … o no «En esto conocerán que sois discípulos míos: si os amáis los unos  a los otros«.

Prójimos, aunque potencialmente son todas las personas, en la práctica son aquellas personas de quien nosotros nos hacemos prójimos: aquellas a las que nos aproximamos y de las que nos ocupamos.

La imagen es de Ben_Kerckx en pixabay

3 comentarios

  1. Los q desatendieron al herido creían amar a Dios, pero en verdad no lo amaban y por ende, tampoco amaban al prójimo. Por el contrario, el samaritano, amaba a Dios, por tanto, también amaba al prójimo.

    Cuando interpretamos esta parábola es fácil caer en la trampa de contraponer amor a Dios frente amor al prójimo, como si hubiese q elegir: «o bien amo a Dios o bien amo al prójimo, pues amar a ambos a la vez, resulta incompatible».

    El catecismo enseña q el amor a Dios y el amor al prójimo son dos amores inseparables q se supeditan el uno al otro, de manera q no pueden subsistir el uno sin el otro; sería pura ilusión.

    Los principios evangélicos tienen q ser sumados e integrados, no ser excluidos entre sí.

    A la hora de interpretar el evangelio tenemos q tener cuidado, pues tenemos tendencia a destacar aquellos versículos con los q más nos identificamos y a excluir aquellos otros q nos resultan menos simpáticos. Cuidado con ésto!
    La revelación se acoge, no se escoge.

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