Jesús dijo a sus apóstoles: «Todos os escandalizaréis, como está escrito: “Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas”. Pero cuando resucite, iré delante de vosotros a Galilea». Pedro le replicó: «Aunque todos caigan, yo no». Jesús le dice: «En verdad te digo que hoy, esta misma noche, antes que el gallo cante dos veces, tú me habrás negado tres». Pero él insistía: «Aunque tenga que morir contigo, no te negaré». Y los demás decían lo mismo.

Marcos 14, 27 – 31

La Cena está llegando a su fin, y Jesús, después de haber insistido por última vez en las ideas clave de su doctrina a los suyos, les adelanta lo que está a punto de pasar con todos ellos. Les avisa de que a Él se lo llevarán preso y que ellos huirán.

Pedro, una vez más, impetuoso, le promete que no caerá.

No miente Pedro a su Maestro. En absoluto. Lo que dice lo cree sinceramente. Su Maestro es todo para él y él en ese momento está seguro de que daría incluso la vida por él.

Pero no fue así. Jesús llevaba razón: sus apóstoles se dispersaron y Pedro, cobarde, lo traicionó, negándolo tres veces antes que el gallo cantara dos.

A nosotros hoy el comportamiento de los apóstoles nos parece inadmisible. Después de tres años compartiendo con él comidas, caminatas, descansos, curaciones, milagros, tertulias y enseñanzas, cuando llega el momento de la verdad, cuando llega el momento de dar la cara por Jesús, uno lo entrega y el resto huye. De todos ellos, tan solo San Juan estuvo junto a María al pie de la Cruz en el momento más difícil de su vida.

Nos parece inadmisible el comportamiento de todos los huidos, especialmente el de Pedro. Sí. Y, ciertamente, lo fue. Pero, ¿acaso lo hacemos nosotros mejor?

¿No somos, como Pedro, personas de grandes contrastes? ¿No somos también capaces de amar sin esperar nada a cambio, pero también de envalentonarnos más de la cuenta y de equivocarnos? Muchos de quienes tenemos el firme propósito de ser cristianos y llevar una vida coherente con ese propósito caemos en estas mismas contradicciones, por otro lado, tan humanas.

¿No nos callamos también nosotros muchas veces en lugar de reconocer que somos de los Suyos? ¿Cuántas veces, cuando atisbamos posibles enfrentamientos que no sabemos dónde podrían llevarnos, nos callamos que somos cristianos y no damos la cara ni por Jesús ni por su doctrina? Nos ponemos mil y una excusas, eso sí: que no es el momento, que sería echar margaritas a los cerdos, que el otro en realidad no quiere escuchar… y callamos.

Jesús perdonó aquello a Pedro y al resto de sus apóstoles. Y cuando se les apareció tras su resurrección no tuvo ni un reproche. Conocía las limitaciones de cada uno de ellos, sus miserias y sus miedos. Sabía muy bien a quiénes había escogido y los quería a pesar de todas esas limitaciones, miserias y miedos. Sin rencor, les dio fortaleza regalándoles el Espíritu Santo y los mandó a llevar su doctrina por el mundo entero.

Y entonces dieron la talla. Y mucho. Y a extender esa doctrina dedicaron el resto de su vida.

Desde el Cielo también conocen nuestras limitaciones, nuestras miserias y nuestros miedos. Y nos quieren a pesar de todos ellos. Y esperan grandes cosas, como esperó Jesús de sus apóstoles.

Ojalá también nosotros, como ellos, sepamos reconducir nuestra vida, nuestras prioridades y nuestro testimonio hacia un sí incondicional. Aunque el cristianismo no esté de moda. Aunque nos cueste más de un disgusto. Merecerá la pena. Mucho.

La imagen es de congerdesign en pixabay

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