Evangelio apc - camino con corazones

Jesús dedicó su vida a extender la Buena Noticia que había venido a traernos: que Dios es Padre y que los hombres estamos aquí para amarnos unos a otros. Y transmitió su mensaje su mensaje al pueblo de Israel tanto a través de sus palabras como a través de sus obras.

Tras su muerte y su resurrección llega el momento de extender el cristianismo al resto del mundo, más allá del pueblo de Israel. Y para esa acometer esa importantísima misión cuenta con los discípulos que habían estado conviviendo con él y aprendiendo de sus enseñanzas durante los tres años que duró su vida pública.

A día de hoy, y con nuestra mirada del siglo XXI, no parece algo tan complicadísimo, acostumbrados como estamos a conocer las noticias de lo que pasa en cualquier lugar del mundo casi, casi en tiempo real. Pero entonces sí que lo era, y mucho, puesto que era una época en la que ir de un sitio a otro llevaba meses, no había fotocopiadora, no había telégrafo, no había teléfono, no había radio, no había televisión y, por supuesto, no había Internet.

Pero Jesús regala algo muy especial a sus discípulos para que puedan acometer esa misión: les regala el Espíritu Santo.      

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».(Evangelio Juan 20, 19-23)

Este es el pasaje en el vemos cómo Jesús invita «formalmente» a los suyos a salir al mundo a extender su mensaje. Y es el mismo pasaje en el que podemos ver cómo esos mismos discípulos de Jesús recibieron el Espíritu Santo, y con él el don de  perdonar y retener los pecados.

Creo que estas palabras de Jesús – que quedaron recogidas en el Evangelio de San Juan para que nosotros las leyésemos hoy – en cierto modo son una invitación a que también nosotros nos involucremos en esa expansión de su mensaje.

¿Y cómo podemos hacer eso?

Habrá quienes sean llamados por Dios a la vida religiosa. Y harán muy bien en darle su «si quiero» y en dedicarle oficialmente su vida.

La mayoría de nosotros, por el contrario, a lo que seremos llamados será a la extensión del Evangelio desde nuestra vida cotidiana. ¿Esto cómo se hace?, ¿en qué se traduce?. En mi opinión, lo más importante es que llevemos una vida coherente con la fe que decimos profesar:  que tratemos de vivir la vida ordinaria con un corazón extraordinario y que, de esta manera, seamos «la sal de la tierra» (Evangelio Mateo 5, 13). Habrá ocasiones en las que además convenga hablar de Dios y lo hagamos, claro que sí; pero lo habitual, lo que podremos hacer siempre, siempre, siempre, en cualquiera de los entornos en los que nos movemos en nuestro día a día, será vivir con esa coherencia. Sabiendo que, en cierto modo, este estilo de vida implica «salir del mundo»: romper con los valores que se han impuesto en nuestra sociedad, en la que cada uno va a lo suyo y en la que apenas nos queda tiempo para los demás y mucho menos para Dios.

Los discípulos de Jesús recibieron con el soplo de Jesús el Espíritu Santo, y con él el don de  perdonar y retener los pecados. A nosotros este don del perdón de los pecados no se nos ha regalado, pero si que contamos, igual que ellos, con el Espíritu Santo. Para la mayoría de nosotros el Espíritu Santo es algo un poco desconocido y que no reconocemos con claridad; pero es quien – seamos conscientes de ello o no – nos sopla muchas veces qué hacer, nos va agrandando la capacidad de amar y nos hace sentirnos estrechamente unidos a otras personas que también tratan de hacer del amor su estilo de vida, con unos lazos mayores incluso que los de la sangre.

La imagen es de MariangelaCastro en pixabay

1 comentario

  1. Tras descubrir el mundo de las ideas, Platón nos dice que cuando yo veo un hombre, lo veo propiamente como hombre porque ya tengo previamente dentro de mí idea de hombre. La idea de algo es pues lo que yo verdaderamente veo cuando veo ese algo.
    Ahora bien: dado que el mundo de las ideas está por encima del mundo real; dado que el cristianismo tomó como suyas algunas nociones del neoplatonismo; y dado que la figura del Espíritu Santo resulta difícil de entender, ¿no se podría buscar, salvando las distancias, cierto paralelismo entre el Espíritu Santo y el mundo de las Ideas de Platón, ya que ambos nos iluminan para el mejor entendimiento de cuanto nos rodea?

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