Estos días estamos todavía celebrando la resurrección de Jesús. Un acontecimiento único en nuestra historia que dota al cristianismo de todo su sentido. Esa resurrección hizo evidente que la doctrina de Jesús merece la pena, hizo evidente que la vida de Jesús no había terminado en fracaso e hizo evidente que Dios había estado siempre a su lado.

El Evangelio nos relata en distintos pasajes cómo tras su resurrección, salió Jesús al encuentro de alguno de los suyos, antes de volver, definitivamente, Junto al Padre. Comenzó saliendo al encuentro de las mujeres.

Las mujeres se marcharon a toda prisa del sepulcro; llenas de miedo y de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos. De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «Alegraos». Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y se postraron ante él. Jesús les dijo: «No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán»

Evangelio Mateo 28, 8 – 10

Jesús una vez más rompe con las reglas y las costumbres de su tiempo y apareciéndose en primer lugar a las mujeres. Este hecho, visto con la mirada del siglo XXI es algo que no tiene mayor importancia, pero visto con la mirada de la sociedad de entonces resultaba algo absolutamente rompedor, puesto que la mujer ocupaba un lugar muy secundario en la sociedad y su testimonio era algo que iba a tener poco valor. Pero Él siempre había vivido desde la libertad que da el amor y, ya resucitado, se aparece a ellas en primer lugar mostrando así al mundo, una vez más, el papel que les concedía -y nos concede- y el lugar que ocupaban -y ocupamos- en su corazón.

El Maestro les sale al encuentro. Como quiere salir hoy al encuentro de todos nosotros.

Las invita a alegrarse. ¿Cómo no iban a hacerlo? Por fin podían arrinconar la sensación de fracaso, el sentimiento de soledad, la tristeza y la incertidumbre. Todo había valido la pena. Todo cobraba su verdadero sentido. ¡Qué felicidad tan grande sentirían! Como deberíamos sentir también quienes nos decimos hoy cristianos, por el privilegio de la Fe y el privilegio de sabernos tan queridos y tan cuidados desde el Cielo.

Las invita también Jesús a vivir sin miedo. Como a nosotros. ¿En qué clase de personas nos convertimos si vivimos con miedo? y ¿en qué clase de cristianos? Para ser cristiano hoy  -como ha sido siempre- hace falta valentía para ir contra corriente, hace falta despreocuparse de uno mismo y hace falta tener muchas ganas de cambiar el mundo: debemos sacar el máximo partido a todos los talentos que Dios nos ha regalado y convertirnos de verdad en la mejor versión de nosotros mismos. ¿Qué testimonio vamos a dar si, asustadicos, nos quedamos acurrucados en un rincón, dejando que sean otros los que tiren adelante?

Les pide Jesús que comuniquen a sus hermanos que vayan a Galilea a encontrarse con él. Y a nosotros nos pide lo mismo: que hagamos a saber a quienes nos rodean que Jesús quiere salir a su encuentro. ¿No es a eso mismo a lo que nos invita cuando nos llama a ser luz del mundo?

También nosotros, si no nos hemos encontrado con Jesús, o lo hicimos en el pasado y nos hemos dejado enredar por las tentaciones y los espejismos del mundo, podemos ir a nuestra Galilea particular para encontrarnos con Él. Estamos invitadísimos a hacerlo.

Eso sí: para que ese encuentro se dé hemos de querer -de verdad- encontrarnos con Él. Hemos de querer escucharlo. Y hemos de estar dispuestos a obrar en consecuencia aunque eso suponga tener que renunciar a tantas ataduras como muchos de nosotros tenemos, que nos anclan a unos hábitos y a una vida que nos impiden elevar la mirada y nos impiden también alzar el vuelo.

2 comentarios

  1. La predicación y el discurso están devaluados para la sociedad post cristiana. Seamos luz pascual. anunciemos a Jesucristo con el ejemplo.
    fr. pepe

  2. El hecho de que Jesús se aparezca primero a las mujeres se considera también como una prueba de veracidad, pues, en aquella sociedad, nadie que inventara una historia depositaría la carga de la prueba en el testimonio de una mujer.

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