Evangelio apc Café con corazón

Nunca deberíamos enfrentarnos a un nuevo día como si fuera a ser «un día más», un día de esos que nos dan un poco igual, un día que casi preferiríamos que pasara rapidito.  Porque si esa es nuestra actitud cuando nos levantamos y comenzamos a vivirlo, lo más probable es el que el día, efectivamente, termine siendo mediocre.

La actitud con la que vivimos importa y mucho. Y, de la misma manera que un mismo vaso podemos verlo medio vacío o medio lleno, con la vida pasa igual: podemos aprovecharla y vivirla intensamente y también podemos dejar que vaya pasando sin pena ni gloria. 

Cada día es una oportunidad que podemos aprovechar o no. Porque cada día puede y debe ser especial. Incluidos esos tan temidos lunes que, cuando nos suena el despertador, comenzamos arrastrando los pies hasta la cocina a por ese primer café.

Lo que de verdad hace especial un día no es tanto lo que hagamos como la disposición con la que enfrentamos eso que estamos haciendo.

Las circunstancias que rodean la vida de cada uno de nosotros, y que tantísimo condicionan nuestro día a día, son bien distintas: unos tenemos trabajos con mucha responsabilidad, otros tenemos trabajos más operativos, otros somos estudiantes, otros estamos desempleados o jubilados y tenemos más tiempo disponible, unos tenemos hijos pequeños que requieren de mucha dedicación, otros tenemos padres mayores, otros vivimos solos y otros tendremos lo que fuere. Sean cuales sean esas circunstancias, habitualmente hay mucho de repetitivo en nuestro día a día, que puede convertirse en rutina… o no hacerlo. Y que se convierta en rutina o no, depende de nosotros. Depende de cuál sea nuestra disposición.

Jesús en el Evangelio nos invita hacer del amor nuestro estilo de vida. Nos invita a que vivamos para los demás desde nuestra cotidianidad, desde nuestro día a día, por corriente que nos pueda parecer.  Y siempre tratando de poner lo mejor de nosotros mismos, porque lo que da valor a las acciones, no son tanto las acciones en sí mismas, como el amor que ponemos en ellas cuando las hacemos. Es en el amor donde está la diferencia.

Durante la infancia  y la juventud no solemos pensar en el final de nuestra vida. Incluso en la madurez muchos de nosotros tampoco lo pensamos demasiado: vivimos dando por hecho que aún nos quedan muchos años por delante y nos comportamos en consecuencia. Pero lo cierto es que el tiempo que viviremos cada uno de nosotros tan sólo Dios lo sabe. Y las circunstancias que irán rodeando nuestra vida en el futuro también. Por eso, en mi opinión, no es sensato dejar nada importante para más adelante, para la siguiente etapa de la vida o para la siguiente de la siguiente: todo aquello que consideremos que es importante hacer deberíamos acometerlo ya. Quitándonos de en medio cuanto antes todo aquello que nos impide hacerlo. ¿Por qué esperar para lo importante? Si esperamos al momento perfecto para hacer algo lo más probable es que ese momento nunca llegue.

¿Qué es lo que nos gustaría ver al final de nuestra vida si echásemos la mirada hacia atrás?, ¿qué tendríamos que haber hecho para sentir que nuestra vida ha merecido la pena, para sentir que la hemos aprovechado?, ¿qué nos gustaría haber sembrado?, ¿qué nos gustaría haber conseguido? Pues a eso es a lo que, fundamentalmente, deberíamos dedicarnos. Porque el tiempo no se recupera. No se puede volver atrás. Y sabemos que nos arrepentiremos si cuando volvamos la vista atrás, nos damos cuenta de que lo hemos malgastado.

En mi opinión, el tiempo es una de las cosas más valiosas que tenemos. Y debemos de escoger muy bien en qué lo invertimos. Porque es algo finito, limitado, escaso.

¿De verdad vamos a malgastarlo en criticar, malgastarlo en protestar, malgastarlo en quejarnos, malgastarlo en ocuparnos tan solo de nosotros mismos, malgastarlo llevándonos disgustos por tonterías que realmente no merecen la pena, malgastarlo en guardar rencor, malgastarlo en llevar cuentas del mal o malgastarlo en intentar quedar por encima de los demás?

Hay algo que a mí, personalmente, me gusta mucho de nuestra naturaleza y es que nos obliga a dormir después de cada día vivido. Y tras esas horas de sueño nos levantamos repuestos y llenos de energía para enfrentar un nuevo día en el que, de alguna manera, todo vuelve a empezar. Como si tuviésemos con cada nuevo día una nueva oportunidad. Aprovechémosla.

Cierro este post con una canción de Joan Manuel Serrat, que me gustó desde niña.

La imagen es de Engin_Akyurt en pixabay

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