La alegría cristiana es una imagen que a veces no termina de convencer demasiado. Parece que los creyentes estamos llamados a estar siempre serenos, siempre optimistas y siempre fuertes. Como si la Fe fuese una especie de escudo que nos protegiera del dolor, de la tristeza o de las dificultades.
Pero basta mirar la vida real para darnos cuenta de que esto no es así. Los creyentes también nos cansamos, nos preocupamos, sufrimos pérdidas, sufrimos decepciones, nos agobiamos y atravesamos momentos de oscuridad. La Fe no elimina las dificultades ni elimina la fragilidad humana. Y no nos convierte, por tanto, en personas inmunes al sufrimiento.
Entonces, ¿qué significa eso de la alegría cristiana?
La alegría que nos propone el Evangelio no es lo mismo que estar siempre contento. La alegría superficial -esa supuesta felicidad que se nos invita a buscar desde el mundo- depende mucho de las circunstancias. Cuando las cosas van bien, aparece con facilidad. Pero cuando llegan los problemas, desaparece rápidamente.
La alegría cristiana es algo más hondo. Es algo que crece en el interior de aquel que vive con un profundo amor a Dios y un profundo amor a las personas que van pasando a su lado en el camino de la vida.
No es una emoción constante, sino un estado del alma con el que se atraviesan incluso los momentos difíciles. Es una forma de mirar la vida que no ignora el dolor -el dolor propio y el dolor del otro- pero que no deja que el dolor tenga la última palabra.
Así lo vivió Jesús. Él hablaba del Padre, de amor, de paz, de esperanza o de vida eterna. Pero al mismo tiempo recorría caminos llenos de incomprensión, de rechazo y de sufrimiento. No vivió ajeno al dolor humano. Se compadeció en numerosas ocasiones ante el dolor de quienes le rodeaban, lloró ante la muerte de Lázaro y experimentó una profunda angustia en la pasión.
La alegría cristiana no consiste en negar la realidad, ni en disimular lo que duele. Consiste más bien en atravesar esa realidad con una confianza que no depende de lo que está pasando en ese momento.
Quien vive según la lógica del Cielo no deja de sentir tristeza cuando algo se rompe en su vida. No deja de sentir miedo ante lo incierto. No deja de experimentar cansancio cuando las dificultades se acumulan. Pero vive el dolor y las dificultades sostenido por una Fe que lo hace fuerte y le hace sentir que todo tendrá sentido.
La alegría cristiana no suele ser entusiasmo ni euforia. Es, más bien, algo silencioso.
Puede verse en la capacidad de seguir adelante, de no endurecer el corazón, de mantener abierta la confianza incluso cuando las cosas se ponen feas.
Puede verse en la capacidad de agradecer lo bueno en medio de un día difícil. En la serenidad de quien sabe que no camina solo. En la paz que invade cuando dejamos de luchar contra todo lo que no podemos controlar.
Quienes viven en el amor edifican su casa sobre roca. Saben que las crecidas de los ríos llegarán y arremeterán contra su casa. Pero también viven con la certeza de que esas crecidas nunca podrán derribarla. Y el final, a buen seguro, será feliz.
«Todo el que viene a mí, escucha mis palabras y las pone en practica, os voy a decir a quién se parece: se parece a uno que edificó una casa: cavó, ahondó y puso los cimientos sobre roca; vino una crecida, arremetió el río contra aquella casa, y no pudo derribarla, porque estaba sólidamente construida»
Evangelio Lucas 6, 47 – 48
La imagen es de CarinaChen en pixabay
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