Jesús le contestó: «El primero es: ‘Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas’. El segundo es: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. No existe otro mandamiento mayor que éstos»
Evangelio del día 13 de marzo de 2026 – Evangelio Marcos 12, 18B – 34
En aquel tiempo, uno de los maestros de la Ley se acercó a Jesús y le hizo esta pregunta: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?». Jesús le contestó: «El primero es: ‘Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas’. El segundo es: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. No existe otro mandamiento mayor que éstos».
Le dijo el escriba: «Muy bien, Maestro; tienes razón al decir que Él es único y que no hay otro fuera de Él, y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a si mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios». Y Jesús, viendo que le había contestado con sensatez, le dijo: «No estás lejos del Reino de Dios». Y nadie más se atrevía ya a hacerle preguntas.
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Reflexiones relacionadas
Escucha, Israel

Cuando aquel escriba se acercó al Maestro a preguntarle por el primero de todos los mandamientos, Jesús comenzó su respuesta con una expresión singular: «Escucha, Israel».
Posiblemente buscaba con esas palabras captar plenamente su atención y hacer notar la importancia de lo que iba a decir a continuación.
Es una expresión, creo yo, con la que Jesús nos vuelve a interpelar hoy a nosotros, siglos más tarde. Porque son muchas las veces que desde el Cielo nos buscan y nosotros no estamos receptivos.
Hacer equipo con Dios

Muchos de quienes tenemos claro que queremos ser cristianos tenemos la sensación de que avanzamos sumamente despacio y de que no terminamos realmente de despegar en eso del amor a los demás: no conseguimos amar – amar de verdad – más allá de nuestro círculo más íntimo. Y continuamente tropezamos, cometemos errores, nos fallan las fuerzas, nos seducen los espejismos del mundo y caemos en las mismas tentaciones.
Y nos ocurre porque, aún teniendo buena disposición y buena voluntad, no «hacemos equipo» con Dios.
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