Ya empezamos a adentrarnos en la Cuaresma. Casi sin darnos cuenta, ha pasado un año y el calendario litúrgico nos ha conducido de nuevo ante estos cuarenta días que suenan a conversión, a esfuerzo, a preparación.
Si nos despistamos, es fácil que vivamos estos días con el piloto automático. Y que una renuncia, algún pequeño sacrificio o ir a alguna celebración especial, nos resulten suficientes para que sentir que cumplimos con ella.
Pero la Cuaresma no es un un trámite espiritual anual. No es un paréntesis religioso dentro de una vida que después seguirá igual. Es una invitación a volver a lo esencial.
Los gestos externos -privarnos de comer chocolate, de fumar o de pasar tantas horas en redes sociales- tienen valor, claro que sí. Pero, en mi opinión, han de ir acompañados de una reflexión personal que nos lleve a preguntarnos qué es lo que debe cambiar en nuestra vida. ¿Qué me aleja hoy de vivir con más amor? ¿Qué me impide escuchar mejor? ¿Qué endurece mi corazón?
La Cuaresma no es una competición de renuncias. No se trata de ver cuánto aguantamos ni de demostrar fuerza de voluntad. Se trata de hacer espacio. Espacio para revisar la vida. Espacio para reconocer nuestras incoherencias. Espacio para escuchar. Espacio para volver a centrar lo que se ha ido desordenando con el paso del tiempo.
Vivimos tan deprisa que muchas veces no tenemos ocasión de detenernos a mirar cómo estamos por dentro y la Cuaresma puede ser ese tiempo de pausa. No para añadir más obligaciones espirituales a la agenda, sino para simplificar. Para quedarnos con lo importante.
Convertirse no es volverse otra persona de la noche a la mañana. Es reorientar el corazón. Es volver a buscar el norte para reajustar nuestro rumbo. Es reconocer con humildad que hay cosas que necesitamos cambiar, pero también aceptar que el cambio será un proceso.
La Cuaresma también puede ser un buen momento para revisar nuestras prioridades. ¿Dónde está hoy mi energía? ¿Qué ocupa la mayor parte de mis pensamientos? ¿Qué lugar ocupa Dios en mi día a día? No para culpabilizarnos, sino para tomar conciencia.
Estos cuarenta días no son una meta en sí mismos. Son un camino. Un camino que nos prepara para la Pascua y nos conducirá a vivir lo ordinario con mayor conciencia y más amor. Un amor más fino, más sensible, más cercano, más empático, más desinteresado, más sincero. Un amor que nos lleve a vivir desde la alegría y la gratuidad con una mirada y unos criterios que cada día vayan siguiendo más la lógica del Cielo.
La imagen es de JoshuaWoroniecki en pixabay
Gracias por tan DIVINA reflexión.
Gracias, Marta,por adentrarnos en la cuaresma y hacernos ver que hay que parar y reflexionar las cosas cotidianas de nuestra vida
Gracias Marta por mostrarme con más claridad el camino de la Cuaresma y llevarme a reflexionar el lugar que ocupa Dios en mi día a día.