Todas las personas, incluso las que tienen vidas más felices, atravesamos momentos de dificultad. Porque desamores, enfermedades, agobios, traiciones o desengaños, antes o después se presentan en la vida de todos. En ocasiones los vemos venir y, de alguna manera, podemos prepararnos para cuando llega el momento. Otras veces, las dificultades se presentan sin avisar, de un día para otro, y enfrentarlas se nos hace aún más difícil porque la sorpresa siempre juega en nuestra contra.

Como en cierta ocasión les pasó a los discípulos de Jesús cuando, navegando, les sorprendió una fuerte tempestad, con unas olas tan grandes que casi les llenaban la barca de agua.

En aquella ocasión los discípulos harían hasta lo imposible por enfrentar la tempestad y achicar el agua. Algunos de ellos habían sido pescadores de profesión y estaban acostumbrados a esas batallas. Pero en aquella ocasión no fueron capaces de salir adelante, porque el temporal era demasiado grande para la embarcación y para ellos.

Tuvieron la suerte de que el Maestro estaba allí. Estaba dormido, pero bastó con despertarle para que diese una orden al viento y al mar y viniera la calma.

Cuando a nosotros nos sorprenden las dificultades, como aquellos discípulos entonces, nos remangamos y nos ponemos a trabajar. Y hacemos hasta lo imposible por salir adelante. Pero cuando las dificultades son demasiado grandes, nos vemos desbordados y con frecuencia nos desesperamos.

¿Cuándo entenderemos que Jesús también va en nuestra barca? No es que Jesús proteja nuestra barca, no. Jesús va DENTRO de ella. Con nosotros. En nuestro corazón. A nuestro lado en el camino de la vida. Siempre. Deseando que le dejemos cuidarnos y, sobre todo, que le dejemos guiar nuestros pasos.

Jesús se ha hecho tan uno con nosotros que, lo que nos hagan a cada uno es como si se lo hicieran a él mismo.

«En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Evangelio Mateo 25, 40)

Si tomáramos conciencia de la grandeza que eso supone y lo valorásemos como el impresionante regalo que es, ¡qué distinta sería nuestra mirada!, ¡qué distinto sería nuestro comportamiento!, ¡qué distintas serían nuestras relaciones con los otros!, ¡qué distintas serían nuestras prioridades!, ¡qué distinta sería nuestra búsqueda de la felicidad! y ¡qué distinta sería nuestra vida!

Jesús también va dentro de la barca de la Iglesia. De Su Iglesia. Esta querida Iglesia Suya y nuestra, que está conformada por todos los que queremos hacer vida el Evangelio. Esta Iglesia diversa, que ha de ser espacio de encuentro y de acogida para todos los que deciden acercarse a ella.

Aquel día, al atardecer, les dice Jesús: «Vamos a la otra orilla». Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó una fuerte tempestad y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él estaba en la popa, dormido sobre un cabezal. Lo despertaron, diciéndole: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?». Se puso en pie, increpó al viento y dijo al mar: «¡Silencio, enmudece!». El viento cesó y vino una gran calma. Él les dijo: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Se llenaron de miedo y se decían unos a otros: «¿Pero quién es este? ¡Hasta el viento y el mar lo obedecen!» (Evangelio Marcos 4, 35 – 41)

3 comentarios

  1. Gracias Marta, hoy me da luz y fuerza tu reflexión: «Cuando me sorprende la tempestad, dejarle cuidarme y guiar mis pasos»…
    Gracias, bendiciones para tí.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.