Podéis ir en paz son las palabras con las que nos despide el sacerdote al terminar la misa. Después de un ratito en comunidad en el que hemos sentido a Dios, hemos pedido perdón, hemos dado gracias, hemos escuchado la Palabra y hemos comulgado, podría parecernos que ya estamos listos para volver a casa con los deberes hechos. Pero no es asi. Cuando el sacerdote nos dice podéis ir en paz es, en realidad, cuando comienza nuestra misión.
Porque el cristianismo no es algo que vivir durante el ratito que dura la misa. Gracias a lo que ocurre en la misa nos fortalecemos y -dicho de una manera un poco de andar por casa- cargamos pilas. Pero la misión, nuestra misión, está fuera del templo.
Cuando a Jesús le preguntaron por el primer mandamiento, contestó con dos mandamientos en uno. Y con ello nos enseñó que la mejor forma de demostrar amor a Dios es cuidando de sus hijos. Las misas, los retiros o las adoraciones están estupendamente bien ¡cómo no! pero, como bien decía el P. Ayúcar sj, «el sitio más seguro para dar un beso a Dios es la mejilla del prójimo».
Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo
Mateo 22, 37 – 39
Y al final de nuestros días, como no podría ser de otra manera, no se nos pedirá cuentas de las misas, los retiros o las adoraciones en los que hayamos participado, no: se nos pedirá cuentas de cómo hemos tratado a las personas que han ido pasando a nuestro lado en el camino de la vida.
Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme (…) En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis
Mateo 25, 34 – 40
El cristianismo, por tanto, donde estamos llamados a vivirlo es, fundamentalmente, en la calle, en la vida ordinaria: en el trabajo, en casa, haciendo la compra en el súper o en el autobús. Podemos vivirlo 24 horas al día y 7 días a la semana. Desde lo grande y, sobre todo, desde las pequeñas acciones que componen nuestra vida cotidiana. Sin focos. Sin fuegos artificiales.
Y debemos vivirlo con la paz que nos proponen desde el Cielo: una paz bien entendida, que está lejos de lo que entendemos por paz en este querido mundo nuestro que está tan estropeado.
La paz que nos proponen desde el Cielo es una paz que vela también por los intereses de quienes son más débiles y que busca que también a ellos se les haga justicia, aunque eso suponga tener que pasar por enfrentamientos. Estamos llamados a no mirar para otro lado y a ir a contra corriente siempre que sea menester. Como hizo Jesús. Una paz que trata de cuidar de todos es verdadera paz. Y es la única capaz de dejar ese regustillo dulce en el alma tan fácil de reconocer.
Desde el Cielo nos desean la paz que deja sabernos personas comprometidas, orientadas a los demás y que saben vivir desde la Fe.
La imagen es de Dimitri Conejo Sanz en cathopic
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